Discúlpenme el trabalenguas que viene a continuación: en los tiempos que
corren, más cerca debiera estar una mujer progresista (de izquierdas) de una
mujer conservadora (de derechas) que un hombre de izquierdas de una mujer de
izquierdas y una mujer de derechas de un hombre de derechas. Bastaría para ello
con abrir los ojos y no creer lo que torticeramente nos cuentan, no acatar las
engañosas cifras patrias que nos venden y sacar las cuentas con la calculadora
propia, la que no engaña: ninguna mujer presidenta del gobierno (aún),
escasísimas en los puestos de poder, muchas cobrando menos en cargos idénticos a
los de ellos, demasiadas forzadamente en el paro por su mera marca de género y
obligadas las más a no progresar a causa de la incapacidad de sus compañeros de
asumir las cargas y obligaciones familiares… Por no hablar del desprecio a la
condición femenina y, cómo no, de la nueva ley del aborto.
Dicho esto, si una mujer conservadora se siente lejos de una mujer
progresista, y viceversa, es sólo por costumbre aprendida, por pura inercia.
Acostumbrados a despreciar a los sociatas y demás ralea, quienes votan al PP aún
no entienden que estos ya no vistan zamarras y chaquetas de pana, y
acostumbrados a escupir sobre los peperos carcones y sus afines, los sociatas y
compañía no entienden que se divorcien, paran hijos de padre desconocido o se
hagan de la acera de enfrente. Ya se sabe que nada más fácil que permanecer
anclado en esquemas prefijados y ya se sabe que evolucionar cansa. Pero tanto
las mujeres de un lado como las de otro son las que usa la publicidad como
objetos de consumo, las maltratadas por sus novios o maridos y las que ven
conculcado a diario su derecho a ser igual que ellos en todo, menos en las
particularidades derivadas de su sexo: posibilidades, oportunidades e incluso
aplausos. Porque la igualdad de género aún no existe, ni está a la vuelta de la
esquina.
Una se pregunta entonces por qué las mujeres no hacen un frente común, como
hicieron las “Lisístratas” de Aristófanes cuando decidieron acabar con la
afición belicosa de sus maridos a base de huelga de sexo. Que esta pregunta vaya
a permanecer en el ámbito de la retórica por los siglos de los siglos, ya es una
mala señal. No se entiende que ese frente común no exista (y que sea aún tan
amargo el desprecio por el feminismo, que es lo más parecido a ese inexistente
frente). Igual que no se entiende que alguien en su sano juicio crea aún que el
calentamiento del planeta no es problema acuciante o que el hambre en el mundo
no es más que el resultado de la pésima gestión de los recursos globales (así
como de un porcentaje nada insignificante de ignominiosos intereses).
Mujeres, seres abnegados por naturaleza y en la abnegación forjadas por el
peso de la Historia, que se ha cernido sobre ellas como una losa. Demasiado
fehacientes son, sin embargo, a día de hoy las pruebas de la desigualdad como
para no verlas: ¿cuántos hombres mueren a manos de sus parejas féminas?,
¿cuántos hombres se sacrifican para que sus mujeres lleguen a lo más alto en sus
profesiones?, ¿cuántos se consagran al cuidado de los hijos?, ¿cuántos al
cuidado de sus padres ancianos?, ¿y de sus parientes minusválidos o enfermos?,
¿a cuántos les preocupa la conciliación laboral-familiar?, ¿cuántos se sirven
del permiso de paternidad?
Apremiadas por una Historia que les ha sido adversa, las mujeres han
duplicado y triplicado sus capacidades para llegar a todo (trabajo, casa,
descendencia…), pero no por gusto sino porque no han tenido más remedio. La
Sección Femenina de la Falange Española las obligaba a hacer el Servicio Social,
donde además de propugnar una feminidad entendida como sumisión, se enseñaba a
las jóvenes a ser buenas madres y buenas esposas (“Gracias a la Sección Femenina
las mujeres van a ser más limpias”, rezaban sus objetivos). Después el progreso
las forzó a convertirse en super heroínas, pues amén de hacer esas dos cosas, y
por supuesto de ser limpias, las ha obligado a ir maquilladas como puertas y a
parecer ejecutivas agresivas aunque trabajen como esteticienes.
Esas mujeres esforzadas (que parecían haberse caído todas en la marmita de
Obélix) han llegado pues al siglo XXI derrengadas de tanto ser hijas ejemplares,
madres ejemplares, abuelas ejemplares y “wonderwomen” explosivas. Mientras ellos
se conformaban con ser hijos mediocres, padres mediocres y, en muchos casos, con
irse de putas, demostrando el respecto que le tienen a la mujer, incluidas sus
madres, sus hermanas y sus hijas. Y va y cuando ya se auguraba un mundo mejor
para esas mujeres de rompe y rasga, va el PP y mira como se lo paga: empieza
tratando de conculcar el derecho al aborto, que tanto había costado conseguir, y
no sólo las obliga a irse otra vez a Londres (¿sabían que décadas atrás las
españolas eran las que más abortaban ahí?), sino a desangrarse en las mesas de
los matasanos si no les llega la cuenta corriente para pagarse una clínica
privada. ¡Valiente regalo!
Muchas de ellas creyeron en quienes conducían el país, creyeron en quienes
estaban encargados de hacer su vida más fácil, creyeron que ya podían respirar
tranquilas y se equivocaron. Los encargados de velar por ellas se reunieron y un
día decidieron devolverlas al fango, del que está claro que piensan que no
debieran haber salido nunca. Alegando que fetos de dos semanas casi sonríen y
haciéndose eco del alto índice de embarazos indeseados entre adolescentes como
si no fueran con ellos (como si no obedecieran a la pésima educación que el país
imparte, sino a alguna suerte de contubernio libertino), va y comienza el acoso
y derribo de la mujer, de las mujeres, como si los legisladores no tuvieran
abuelas, madres, hermanas, hijas, es decir, desde el más irreverente de los
desprecios y de los olvidos.
Cercenan la libertad de sus propias mujeres porque jamás les interesaron lo
más mínimo, porque ningún partido conservador creyó jamás en ellas, porque no es
sino progresista el partido que cree en la igualdad de los sexos (en la igualdad
de derechos, claro). Mujeres que se dejaron la piel fregando escaleras, mujeres
que estudiaban de noche mientras amamantaban a sus hijos, mujeres que atendían a
los enfermos en lugar de ir al cine, mujeres que freían tortillas, tendían la
ropa, planchaban largas horas, repasaban deberes infantiles, acompañaban a quien
hiciera falta a donde hiciera falta… Qué caray, mujeres que aún hacen eso y
mucho más, hoy asisten al declive del respeto que su condición de mujeres
merece.
Les tocaba ya descansar de todos los abusos, de todos los atropellos, de
todas las injusticias y hoy, a caballo entre el 2013 y el 2014, un grupúsculo de
gobernantes prepotentes y descabellados, desde la irresponsabilidad mayúscula
que implica situar a un país al borde la involución, aspiran no a ilegalizar el
aborto sino a ilegalizar a las mujeres. Porque, ¿cómo puede garantizarse la
educación de la mujer y su progreso en el ámbito vital y profesional si se
conculca su legítimo derecho a decidir sobre su propia maternidad? Las condenan
a volver al tutelaje masculino que siempre ha sido, y será, el gran lema del
conservadurismo: “La mujer, con la pata quebrada y en casa”, que dijo Fray Luis.
Me pregunto si saben los diputados y las diputadas del PP que impulsan esa
ley vergonzante que no es una ley más, sino que implica el retroceso inmediato
en el camino hacia la igualdad que el país, lentamente pero sin tregua, inició
en la Transición. Y me pregunto si serán juzgados por ello cuando llegue el
momento. Y no pudiéndolo evitar invito a todas las mujeres a hacer huelga de
brazos caídos. Entonces tal vez los señores que impulsan esas indigna ley
(resulta difícil pensar en ninguna mujer capaz de impulsarla), entiendan que sin
mujeres y sin su abnegada devoción de servicio no hay progreso y no hay futuro.
Merecían otro pago esos millones de mujeres sacrificadas sobre las que descansa
lo poco o mucho que merecemos salvar en este país.
Además de defenderse de las agresiones externas, en su solitaria estancia en la isla Robinson Crusoe hizo lo que se le antojó. Este blog sigue sus pasos... y habla alto y claro de lo que le viene en gana a quien lo firma.
miércoles, 1 de enero de 2014
lunes, 2 de diciembre de 2013
10. ADOLESCENCIA Y VIOLENCIA MACHISTA
Mientras suceden cosas tan absurdas y
trogloditas como que un numeroso grupo de intelectuales franceses (¡tipos
leídos!) se lance a defender el consumo de prostitución, haciendo gala de una
falta de empatía colosal para con aquellas mujeres que la ejercen no por gusto
sino por no tener otro modo de vida (que son las más), resulta que las
adolescentes voluntariamente se maquean, se visten, se peinan y lo que haga falta
para parecer eso, putas, mientras ellos, los adolescentes, se asemejan cada vez
más a vulgares chulitos de discoteca. Supongo que cada tiempo histórico tiene
su retrato y que mientras en los 80 la rebeldía era la imagen de la juventud,
ahora lo es el desconcierto.
En esta tesitura, donde tan culpable es la publicidad sexista como otros condicionantes y estímulos de los que nuestra sociedad se nutre, la apariencia de esos chicos y chicas que siguen la estela de sus ídolos juveniles, no se revela una inocua manifestación de la moda, sino que oculta un trasfondo altamente preocupante: el de la perpetuación de los roles de dominación y sumisión. Ellos, machos dominantes, están ansiosos por ejercer su poder sobre las hembras sumisas, tiernas jóvenes vestidas con ropas ciertamente incómodas: cuñas altísimas, ropa super apretada, la larga melena que se come la semanada en suavizante y maquillaje a mansalva (por mucho que Sephora insista en la práctica del descuento). Patrones de conducta que se multiplican como los piojos, con nefastas consecuencias.
En esta tesitura, donde tan culpable es la publicidad sexista como otros condicionantes y estímulos de los que nuestra sociedad se nutre, la apariencia de esos chicos y chicas que siguen la estela de sus ídolos juveniles, no se revela una inocua manifestación de la moda, sino que oculta un trasfondo altamente preocupante: el de la perpetuación de los roles de dominación y sumisión. Ellos, machos dominantes, están ansiosos por ejercer su poder sobre las hembras sumisas, tiernas jóvenes vestidas con ropas ciertamente incómodas: cuñas altísimas, ropa super apretada, la larga melena que se come la semanada en suavizante y maquillaje a mansalva (por mucho que Sephora insista en la práctica del descuento). Patrones de conducta que se multiplican como los piojos, con nefastas consecuencias.
Y es que, como era de esperar, la propagación
de dicha dinámica ha llevado a hacer crecer la alarma por la violencia machista
en tan tierna franja de edad. Llueve para colmo sobre mojado, pues lo hace en un
país en el que el 10,7% de las mujeres ha sufrido maltrato alguna vez en su
vida, y en un país que desde 2010 ha bajado del puesto 11 al 30 en el ranking
de igualdad del Informe sobre brecha de género del Foro Económico Mundial.
¡Cómo para no preocuparse!
Las estadísticas advierten que aumenta la
cifra de chicas adolescentes acosadas por sus parejas y la Fiscalía de Menores
alerta del aumento de las causas judiciales por razones de violencia de género
en adolescentes de entre 15 y 17 años. Eso genera una realidad peligrosa, en la
que un 4% de las chicas han sido agredidas por el chico con el que salían (¡o
aún salen, socorro!). Mientras al parecer un 21% de los adolescentes cree
firmemente que los hombres no deben llorar bajo ningún concepto: metrosexuales
en apariencia que en lo más hondo ocultan machos alfa del Neandental. Poco que
ver, pues, con la idea de sociedad de la convivencia y de la igualdad que
debiera reinar en pleno siglo XXI.
Estos que viven sumergidos en roles
anticuados y mensajes contradictorios, son chicos y chicas que buena parte del
día, y de la noche, lo dedican a comunicarse a través de las nuevas
tecnologías, zambullidos en lo bueno y en lo peor de las redes sociales,
convertidas lamentablemente más en enemigos que en cómplices. Según las cifras
que ofrece un recientísimo estudio de la Complutense encargado por la
Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, un 25% de las chicas dice
que su novio las vigila vía telefónica: sexismo a golpe de Whatsapp, se llama
eso. Claro que también Twitter, Facebook & Cia son herramientas ideales no
sólo para saber qué hace nuestra pareja, sino también toda nuestra parentela y
todas nuestras amistades, siempre y cuando sean de los que se pasan el día
enganchados a las redes. No somos conscientes, pero estamos gestando una
generación de adictos a las pantallitas que devendrá en una generación de completos
autistas.
“La vida es eso que pasa mientras estás entretenido
mirando el Facebook”, hubiera dicho John Lennon de vivir en estos tiempos tan
necios en que vivimos, donde hasta el aparentemente más lúcido se dedica a
retrasmitir las conferencias a las que asiste o las películas que ve como si
nos importara un carajo. La desgracia es que las nuevas tecnologías, lejos de
ayudar a convertirnos en seres más libres, nos esclavizan. De ahí que sean un
feudo ideal para los celotípicos, esos celosos compulsivos que en todo momento
quieren saber qué hace ella y con quién va. Y aquí volvemos a los adolescentes,
que en las redes hallan la excusa perfecta para repetir esquemas de poder que
sus abuelos ya habían olvidado. La situación es tan grave, que ya se están
tomando medidas para la sensibilización y prevención en ese campo y la
Generalitat, por poner un caso, ha puesto en marcha el programa dirigido a
adolescentes “Amar no hace daño. Vive el amor libre de violencia”.
Resulta tan poco racional que a estas alturas
aflore esta problemática como que se repitan brotes de tuberculosis, una
enfermedad que parecía aquí ya erradicada. Y es por ello, por inesperada, que
la realidad de la violencia de género entre los más jóvenes no cuenta aún con
la concienciación necesaria. Hemos criados a los chicos y a las chicas no sólo
en un estado del bienestar que los hace muy poco aptos para desenvolverse en
tiempos peores, sino también en imaginarios colectivos donde el respeto al otro
deja muchísimo que desear y donde la igualdad de género brilla por su ausencia
y el sexismo asoma en cada esquina. Así, el concepto de amenaza o agresión
también ha quedado diluido a golpe de “Sálvame” o cosas peores. Si entre
compañeros de programa se llaman de todo, se insultan y hasta tienen costumbre
de llevar al otro al borde de las lágrimas, decirle a la novieta zorra,
calientapollas o corta mental debe de ser una caricia.
¿De quién es la culpa, pues, de que los
adolescentes, los jóvenes en general, estén repitiendo no lo que ven en sus
casas y en las calles sino en la televisión, esa pantalla que todo lo
magnifica? Mientras sus padres han aprendido a poner una lavadora y a cocinar,
y hace tiempo que establecen con sus parejas y sus compañeras de trabajo
relaciones de igualdad, ellos (con el cerebro aún moldeable) contemplan
anuncios en los que las mujeres usan tacones altísimos hasta para pasear el
perro y telediarios en los que las presentadoras son obligadas a usarlos;
contemplan programas de televisión en los que ellos parece que se vayan de
botellón y ellas estén a punto de entrar en un club de alterne; y ven películas
en las que sólo aparecen desnudos integrales femeninos, jamás masculinos.
Que aumente la violencia machista entre los
adolescentes es pues tan sólo el reflejo del machismo que se visiona en las
pantallas, la consecuencia no de una sociedad que ha ido a la deriva sino de
una sociedad que no ha sabido encarrilar sus elementos de sociabilización
(televisión, cine…) basándose en criterios de igualad de género. Y eso ha
sucedido por la sencilla razón de que esos criterios no estaban aún bien
asentados y no se ha priorizado en ellos como se hubiera debido. Pero son vidas
las que estás en juego, vidas truncadas como las de esas 700 mujeres que han
muerto en la última década a manos de sus parejas o ex parejas (42 en lo que va
de año), o las vidas de todas esas adolescentes que se harán mujeres sin saber
que su dignidad y sus derechos son iguales a los de sus compañeros.
Por culpa de las malditas pantallas, y del
mal uso que se hace de ellas, siguen saliendo vencedores, pues, los herederos
de siglos de machismo, esos que Ricardo de Querol (uno de los coordinadores del
blog “Mujeres“ de El País, donde colaboro) deja retratados en El posmacho desconcertado, editado por
El País.
sábado, 2 de noviembre de 2013
9. EL TRIUNFO DE LA MEDIOCRIDAD
Le podemos llamar adiós al talento en
homenaje a Adiós a la Universidad, el
sabio ensayo del asimismo sabio Jordi Llovet, que desprende siempre un aroma a
azufre cultural; o bien el triunfo de la mediocridad, haciéndole un guiño a la
película de Leni Riefenstahl El triunfo
de la voluntad, que plasmaba el resurgir del nacionalismo alemán y el
fortalecimiento de su ejército. En ambos casos será lo mismo: un grave problema
que nos asola y al que no se presta la debida atención, si no es para mentar la
llamada “fuga de talentos”, que como es evidente la crisis ha agudizado de un
modo preocupante y no vamos por supuesto a soslayar.
Claro que en estos años de pensamiento confuso, que circula a años luz de los datos y suele estar dictado por la ciega obediencia política, la avidez de prebendas y/o la escasa capacidad cogitativa (en el sentido aristotélico del término), ¿quién iba a ocuparse de algo de tan ardua medición como el aumento de los índices de mediocridad? Estamos demasiado entretenidos midiendo las colas del paro, el descenso del poder adquisitivo y los eurípides que nos han robado nuestros gestores públicos.
Sí se alcanza a medir, en cambio, el IDH (Índice de Desarrollo Humano), hallándose Finlandia en uno de los puestos con mayor IDH, mientras España, en su costumbre de ir a la cola de tantas cosas (menos en la excelencia de sus paellas y en la bandera azul de algunas de sus playas), anda por el puesto ochenta y pico. Mencionar que el IDH es el resultado de la medición de tres factores: el nivel de vida digno, la capacidad de disfrutar de una vida larga y saludable y, cómo no, el acceso a la educación.
Veamos cómo se comporta Finlandia versus España en materia educativa, que viene a ser como enfrentar al recién traspasado Marcel Reich-Ranicki con Victoria Beckham en una batalla literario-dialéctica; ríase Bernard Shaw de aquella bella señora de pocas luces que imaginaba como sería el hijo de ambos (ella creía que guapo y listo, Shaw –poco agraciado- que todo lo contrario).
En estos tiempos en que la marea verde se agita con brío (y con muchas razones de peso) al ritmo del descontento por unos recortes, ya ejecutados, y por unos cambios, ya anunciados, que nos llevarán casi con certeza al fondo del barranco, parece oportuno recordar al que viene siendo uno de los sistemas educativos más valorados, el finlandés, en el que incluso los peores alumnos están a años luz de los peores alumnos de países como el nuestro. Por no hablar de su sana costumbre de educar igual al hijo de un gran empresario que al de un parado, cosa que lleva a corregir, que no limar, las desigualdades.
Esta Finlandia (ejemplar en casi todo menos en intensidad solar y censo de suicidios), que ostenta un lugar muy prominente en el informe PISA (Program for International Student Assessment o Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), hace gala de una inversión pública máxima (donde son gratuitos hasta el transporte, las comidas y el material escolares), una excelente formación de maestros con elevados salarios, un contexto agradable y unas condiciones óptimas, pocos estudiantes por clase, la capacidad de despertar el compromiso en los alumnos y una evaluación motivadora.
Dicho esto, aunque suene extraño parece ser que en los 90 se dieron en Finlandia unos recortes en educación que resultaron gravemente lesivos, lo que dio lugar a lo que hoy allí llaman “la generación perdida”. Dejando de lado que aquí podríamos considerar que todas nuestras generaciones han sido “perdidas”, dado que los grados de analfabetismo antes de la Guerra Civil eran notables, muy cuestionable la escuela franquista y claramente deficitaria la democrática (a la vista de los resultados, de los que devienen cifras de visionado de televisión de cuatro horas diarias por ciudadano), vayamos al ahora.
Mientras en Finlandia se dedican a lo que se llama igualar por abajo, con tan excelentes resultados, aquí nos proponen mejoras en la educación de las élites (con un tufillo franquista que da miedito). Mientras se impone la reeducación de los miles de parados que abandonaron los estudios para subirse a un andamio y realizar tareas afines, aquí en el INAEM se dan cursillos de informática y cuatro chorraditas más, sin ninguna visión global: es decir, se da un pescado, o dos, pero no se enseña a pescar. Y mientras los países avanzan gracias, casi exclusivamente, a su inversión en I+D, aquí sembramos la miseria en organismos como el CSIC (cuya misma existencia amenazan los recortes), cerramos líneas de investigación, dejamos de dotar programas y nos echamos a dormir.
La lástima es que no se tenga en cuenta el contexto en que esto se produce: no en el seno de una sociedad fuerte, de individuos bien pertrechados en conocimientos y mecanismos de superación (capaces de salvar cualquier bache por profundo que este sea), sino en el de al menos dos generaciones (las que tienen, aproximadamente, unos 45 y unos 15 años) educadas en la mullida sociedad de consumo, a la sombra del desarrollismo más galopante y de la conquista proletaria del estado del bienestar; es decir, dos generaciones de perfectos animales biológicamente diseñados para ignorar la existencia de la cultura del esfuerzo y darse de bruces con el fracaso por culpa de haber sido educados para el triunfo.
Así las cosas, se auguran lustros de feo semblante y peor porvenir, donde aquellos que fueron educados para el consumo (y poco más) seguirán creyendo que fueron educados en el cultivo del talento –de los talentos-, mientras el espejo les devuelve una realidad que apesta a falta de preparación y a mediocridad por todos lados: jóvenes, y no tan jóvenes, con coches tuneados y tupé que apenas saben redactar un currículo o articular una presentación en público; y otros que, abrigados en títulos, jamás probaron el sabor de los trabajos precarios cuando les correspondía, o sea en la tierna juventud, y que ahora, ya a las puertas de las primeras canas, se enfangan en ellos a falta de otra cosa, volviendo al redil familiar y lo que haga falta.
De aquellos barros, estos lodos; cobramos pues la presa que cazamos en estas últimas décadas: la de haber educado no para la vida sino para el mercado, con la telebasura como elemento de cohesión social y cantera de predicadores, y el más zafio famoseo como modelo. Y es que mientras gira la noria no se ve quién en quién, pero ahora que el decrecimiento ha revelado unas bolsas de mediocridad que espantan, sí podemos ver con nitidez hasta la marca de cada jersey. Educados en la falta de ética y en la superficialidad, en nuestro país “de servicios” cada vez cuesta más encontrar camareros que sepan servir un café o conductores de autobuses públicos que no lleven la radio a tope o funcionarios que hagan bien su trabajo; que no será de encontrar relevo para nuestros mediocres políticos.
No dudo que haya jóvenes sobradamente preparados, y que sea una lástima que emigren por obligación y no por gusto, pero eso no es peor mordisco para el país que seguir adocenados en el elogio de las princesa de barrio, la incultura del último Iphone o el creciente, y aplaudido, neomachismo (que incluso entre adolescentes fomenta el maltrato). Porque esto que se ha hecho aquí, ministro Wert, no ha sido igualar por abajo sino igualar por lo más bajo.
Años de mediocridad que nos traerán más años de mediocridad, con la salvedad de que en pleno crecimiento aún tiene oportunidad de asomar el talento individual, pero donde se apaga la luz es difícil que brille ni la más fulgurante lentejuela.
Claro que en estos años de pensamiento confuso, que circula a años luz de los datos y suele estar dictado por la ciega obediencia política, la avidez de prebendas y/o la escasa capacidad cogitativa (en el sentido aristotélico del término), ¿quién iba a ocuparse de algo de tan ardua medición como el aumento de los índices de mediocridad? Estamos demasiado entretenidos midiendo las colas del paro, el descenso del poder adquisitivo y los eurípides que nos han robado nuestros gestores públicos.
Sí se alcanza a medir, en cambio, el IDH (Índice de Desarrollo Humano), hallándose Finlandia en uno de los puestos con mayor IDH, mientras España, en su costumbre de ir a la cola de tantas cosas (menos en la excelencia de sus paellas y en la bandera azul de algunas de sus playas), anda por el puesto ochenta y pico. Mencionar que el IDH es el resultado de la medición de tres factores: el nivel de vida digno, la capacidad de disfrutar de una vida larga y saludable y, cómo no, el acceso a la educación.
Veamos cómo se comporta Finlandia versus España en materia educativa, que viene a ser como enfrentar al recién traspasado Marcel Reich-Ranicki con Victoria Beckham en una batalla literario-dialéctica; ríase Bernard Shaw de aquella bella señora de pocas luces que imaginaba como sería el hijo de ambos (ella creía que guapo y listo, Shaw –poco agraciado- que todo lo contrario).
En estos tiempos en que la marea verde se agita con brío (y con muchas razones de peso) al ritmo del descontento por unos recortes, ya ejecutados, y por unos cambios, ya anunciados, que nos llevarán casi con certeza al fondo del barranco, parece oportuno recordar al que viene siendo uno de los sistemas educativos más valorados, el finlandés, en el que incluso los peores alumnos están a años luz de los peores alumnos de países como el nuestro. Por no hablar de su sana costumbre de educar igual al hijo de un gran empresario que al de un parado, cosa que lleva a corregir, que no limar, las desigualdades.
Esta Finlandia (ejemplar en casi todo menos en intensidad solar y censo de suicidios), que ostenta un lugar muy prominente en el informe PISA (Program for International Student Assessment o Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), hace gala de una inversión pública máxima (donde son gratuitos hasta el transporte, las comidas y el material escolares), una excelente formación de maestros con elevados salarios, un contexto agradable y unas condiciones óptimas, pocos estudiantes por clase, la capacidad de despertar el compromiso en los alumnos y una evaluación motivadora.
Dicho esto, aunque suene extraño parece ser que en los 90 se dieron en Finlandia unos recortes en educación que resultaron gravemente lesivos, lo que dio lugar a lo que hoy allí llaman “la generación perdida”. Dejando de lado que aquí podríamos considerar que todas nuestras generaciones han sido “perdidas”, dado que los grados de analfabetismo antes de la Guerra Civil eran notables, muy cuestionable la escuela franquista y claramente deficitaria la democrática (a la vista de los resultados, de los que devienen cifras de visionado de televisión de cuatro horas diarias por ciudadano), vayamos al ahora.
Mientras en Finlandia se dedican a lo que se llama igualar por abajo, con tan excelentes resultados, aquí nos proponen mejoras en la educación de las élites (con un tufillo franquista que da miedito). Mientras se impone la reeducación de los miles de parados que abandonaron los estudios para subirse a un andamio y realizar tareas afines, aquí en el INAEM se dan cursillos de informática y cuatro chorraditas más, sin ninguna visión global: es decir, se da un pescado, o dos, pero no se enseña a pescar. Y mientras los países avanzan gracias, casi exclusivamente, a su inversión en I+D, aquí sembramos la miseria en organismos como el CSIC (cuya misma existencia amenazan los recortes), cerramos líneas de investigación, dejamos de dotar programas y nos echamos a dormir.
La lástima es que no se tenga en cuenta el contexto en que esto se produce: no en el seno de una sociedad fuerte, de individuos bien pertrechados en conocimientos y mecanismos de superación (capaces de salvar cualquier bache por profundo que este sea), sino en el de al menos dos generaciones (las que tienen, aproximadamente, unos 45 y unos 15 años) educadas en la mullida sociedad de consumo, a la sombra del desarrollismo más galopante y de la conquista proletaria del estado del bienestar; es decir, dos generaciones de perfectos animales biológicamente diseñados para ignorar la existencia de la cultura del esfuerzo y darse de bruces con el fracaso por culpa de haber sido educados para el triunfo.
Así las cosas, se auguran lustros de feo semblante y peor porvenir, donde aquellos que fueron educados para el consumo (y poco más) seguirán creyendo que fueron educados en el cultivo del talento –de los talentos-, mientras el espejo les devuelve una realidad que apesta a falta de preparación y a mediocridad por todos lados: jóvenes, y no tan jóvenes, con coches tuneados y tupé que apenas saben redactar un currículo o articular una presentación en público; y otros que, abrigados en títulos, jamás probaron el sabor de los trabajos precarios cuando les correspondía, o sea en la tierna juventud, y que ahora, ya a las puertas de las primeras canas, se enfangan en ellos a falta de otra cosa, volviendo al redil familiar y lo que haga falta.
De aquellos barros, estos lodos; cobramos pues la presa que cazamos en estas últimas décadas: la de haber educado no para la vida sino para el mercado, con la telebasura como elemento de cohesión social y cantera de predicadores, y el más zafio famoseo como modelo. Y es que mientras gira la noria no se ve quién en quién, pero ahora que el decrecimiento ha revelado unas bolsas de mediocridad que espantan, sí podemos ver con nitidez hasta la marca de cada jersey. Educados en la falta de ética y en la superficialidad, en nuestro país “de servicios” cada vez cuesta más encontrar camareros que sepan servir un café o conductores de autobuses públicos que no lleven la radio a tope o funcionarios que hagan bien su trabajo; que no será de encontrar relevo para nuestros mediocres políticos.
No dudo que haya jóvenes sobradamente preparados, y que sea una lástima que emigren por obligación y no por gusto, pero eso no es peor mordisco para el país que seguir adocenados en el elogio de las princesa de barrio, la incultura del último Iphone o el creciente, y aplaudido, neomachismo (que incluso entre adolescentes fomenta el maltrato). Porque esto que se ha hecho aquí, ministro Wert, no ha sido igualar por abajo sino igualar por lo más bajo.
Años de mediocridad que nos traerán más años de mediocridad, con la salvedad de que en pleno crecimiento aún tiene oportunidad de asomar el talento individual, pero donde se apaga la luz es difícil que brille ni la más fulgurante lentejuela.
domingo, 13 de octubre de 2013
8. CARTA ABIERTA A JAVIER CERCAS, SUSO DE TORO Y ALGUNOS OTROS
Le copio la fórmula al escritor mallorquín
Sebastià Alzamora, que publicó en el diario Ara un artículo titulado
precisamente “Carta abierta a Javier Cercas”, en el que respondía a otro que este
había publicado bajo el título “Democracia y derecho a decidir” (El País,
13/09/2013). Y es que septiembre ha sido un mes fructífero en esto de que los
escritores opinen sobre las aspiraciones soberanistas de Cataluña, pues entre
otros lo han hecho también Suso de Toro en “Admiremos a Cataluña” (El
diario.es, 12/09/2013), Elvira Lindo en “Un silencio elocuente” (El País,
15/09/2013) e incluso Mario Vargas Llosa en “El derecho a decidir” (El País,
22/09/2013); ¡qué título más original!
Está visto que en septiembre los escritores andan algo extraviados tras el sopor del verano, sin saber muy bien cómo arrancar su faceta de opinadores, y se lanzan a la piscina de la actualidad con energía sin saber si hay agua, de ahí algunos sonoros batacazos como los de Cercas, Lindo y el mismísimo Vargas Llosa, ¡todo un Premio Nobel de Literatura, quién lo diría! Y es que del citado cuarteto, en este tema que nos ocupa, sólo se salva el gallego Suso de Toro, y con nota bien alta: habría que hacerle un monumento al sentido común, mientras que a los demás debiéramos volverles a enseñar la regla de tres, que parecen haber olvidado. Claro que acaso, como digo, septiembre les haya pillado aletargados…
Decía el escritor argentino Rodolfo Walsh (el autor del inmenso relato que es “Esa mujer”): “El campo intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprenda lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante”. Mientras que, a su vez, Sartre afirmaba: “Un intelectual, para mí, es esto: alguien fiel a un conjunto político y social, pero que no deja de cuestionarlo”. Lejos de ansiar que nuestros intelectuales obedezcan consignas de ningún partido, cabecera periodística o canal de televisión, nos encanta que cuestionen hasta la diaria salida del sol; se nos antoja un ejercicio muy saludable para la que se supone es su misión en la sociedad: invitar a la reflexión. Pero de ello a sembrar la confusión, invitar a la falta de raciocinio y ver al demonio allí donde no está, hay un buen trecho.
Dejando aparte que acaso haya temas de mayor enjundia para estrenar temporada, como por ejemplo el horror sirio (¡glups!), la creciente brecha social, la persistencia del maltrato de género o la amenaza real de la ultraderecha en Europa, empezaré diciendo que Alzamora, por cierto de origen almeriense, debe de ser un señor muy educado, pues si tras leer el artículo de Cercas no le retira el saludo, es que o le debe dinero o algo similar. Yo, por el contrario, que en los últimos años he leído con fruición, y sin excepción, todos los libros de Cercas, estoy por colocarlos junto a los Celine. ¡No se asusten, es broma…! Pero el susodicho y sus desacertadas palabras se las traen. Por un momento, leyéndolo, creí estar leyendo al Cela censor o a alguien aún peor.
En el texto en cuestión, Javier Cercas, catalán de origen extremeño, quien fuera largos años profesor en la Universidad de Gerona, acusa de antidemocráticos a los catalanes (y no catalanes) que defienden el derecho a cambiar las reglas del juego democrático en beneficio de una mayor democracia, tratando para más inri a los lectores como si fuéramos unos mentecatos que no sabemos distinguir la tinta del bolígrafo. Escribe Cercas: “la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría”; que viene a ser como decir que, en democracia, la obediencia ciega a la ley es lo único que se espera de la ciudadanía. Y escribe también: “es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”.
Sólo le faltaba decir que si un edificio se incendia y te pilla dentro, tienes que respetar la salida de emergencia y no salir, contraviniendo la normativa, mismamente por una ventana (y para colmo rompiendo el cristal)… Se ve que a quien eso hiciera el democrático Cercas lo multaría por vandalismo; ¿multaría también a quienes saltaron desde las Torres Gemelas? No coments, aunque sinceramente esperaba mayor enjundia intelectual del autor de Anatomía de un instante, un impecable mecanismo de relojería. Querido amigo Cercas, no me lo explico, o los Premios Nacionales se suben a la cabeza en forma de nubes cegadoras o bien hacen estragos en el hígado. ¡Hágase la luz y te ilumine un poquito, no vaya a ser que te pierdas en los pasillos de la caverna!
Extrañamente el Premio Nobel peruano, que ya en su día aupó Soldados de Salamina, desde sus ya conocidas veleidades políticas salió en su apoyo, diciendo barbaridades como: “Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría”. Igual podría haber dicho que en estas últimas décadas los catalanes nos hemos convertido en gremlins, por no hablar de su ignorancia en términos de cultura catalana, pues el catalanismo, como sabe cualquier medianamente culto, es de recia y antigua raigambre y no sólo burguesa.
Siendo también una buena lectora de Vargas Llosa, se me cayó a los pies. Decía el vate que aquel era el mejor artículo que había leído sobre “el tema catalán” (¡cuál sería el peor!). ¿No hay nadie que le diga a Vargas Llosa que un Premio Nobel no puede ir por la vida escribiendo sandeces? Y peor aún, hablando de “catástrofe”, diciendo que “el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo” y que “ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones”. ¿A qué se refiere, al pernicioso café para todos?
En la misma línea se manifestó Elvira Lindo, que al parecer conoce a un montón de residentes en Cataluña que andan con miedo en el cuerpo no atreviéndose a “disentir” del “fervor mayoritario” y permaneciendo “agazapados hasta que la tempestad amaine”; será que casualmente yo conozco a todos los restantes, que lo exponen a sus anchas en salones, bares, tertulias televisivas y allí donde les viene en gana, pues tienen todo el derecho. Pero lo peor, casi espeluznante, es que compara el ambiente catalán hoy con la “espesura” del País Vasco en los peores años de ETA o con el silencio de la disidencia cubana, siendo Cuba ¡una dictadura! ¡Estamos locos o se le ha subido a Elvira Lindo el tinto de verano!
I’m so sorry, pero despropósitos al margen (de juzgado de guardia), las ideas de Cercas, Lindo y Vargas Llosa me recuerdan demasiado a esos españoles cazurros que llevan décadas diciendo que no pisarán jamás Cataluña porque los catalanes hablamos catalán y cosas peores. Mientras es fácil encontrar catalanes en cualquier punto de España admirando sus bellezas y, cómo no, su excelente gastronomía. Ellos se pierden nuestro pan con tomate, nuestras gambas de Palamós y hasta El Celler de Can Roca. Y la verdad, que se quede sin ellas también el ínclito Vargas Llosa, por amante de Barcelona que sea.
Por suerte, vino el escritor gallego Suso de Toro a insuflar aire fresco (¡bendito sea!). De Toro es un escritor comprometido (Premio Nacional de Narrativa con Trece campanadas) que al parecer ha abdicado de su condición de escritor en activo, cosa que sólo puede evidenciar una enorme salud mental (dado el aluvión de basura literaria que llega a las librerías todas las semanas). Mientras Cercas & Cia vomitaban esas cuatro chorradas de que les hablo, en “Admiremos a Cataluña” Suso de Toro demostró tenerlos bien puestos. Su artículo ha corrido por la Red como la pólvora (incendiando a unos y aliviando a otros, entre los que me cuento); en él venía a decir, alto y claro, lo que muchos estábamos esperando de boca de los intelectuales con espíritu realmente democrático, que quiero pensar son unos cuantos.
Suso de Toro, a quien desde aquí agradezco como catalana orgullosa de serlo sus lúcidas palabras, dijo resumiendo que la democracia no es esto que nos hacen creer que es (y que llevamos mal que bien arrastrando desde la Transición, que como bien sabemos recompuso lo que pudo de una España rota). No, la democracia no es esto, sino lo que debería ser y algunos están empeñados en que jamás sea. Y esa es la cuestión, y no otra, que Cercas & Cia parecen haber pasado por alto: que los catalanes que claman por su independencia (en un número tan elevado que negarles siquiera la opción a votarla sería un sacrilegio) no quieren esta democracia pacata, corta de talla e irrespetuosa para con las diferencias, sino que quieren otra (más participativa, menos sorda, más real, más al servicio de las urgencias y de los cambios). No quieren, no queremos (en eso me incluyo) una democracia que ha llevado a madrileñizar España, y tampoco una España a la que le urge desmadrileñizarse.
Queridos Cercas & Cia, sucede que hace mucho que perdimos el norte de lo que tiene que ser un estado de derecho y el clamor por la independencia catalana (como lo sería cualquier otra reclamación legítima y pacífica de cualquier sector relevante de la población), lejos de ser una ofensa a los títulos y disposiciones de la Constitución Española, es una valiosísima oportunidad para recuperar el espíritu realmente democrático que no debimos dejar que se nos escapara por el sumidero de los pactos políticos, los chanchullos y el poder de don dinero, ese poderoso caballero. Como decía muy bien dicho Suso de Toro en sus declaraciones con mejores palabras que las mías, la actual España es de un españolismo insultante, de un madrileñismo invertebrado (le hago aquí un brindis a don José) y de una falta de respeto para los pueblos históricos que invita al exilio. ¿Por qué pues dejar, desde la inercia, que perviva así por los siglos de los siglos hasta convertirse en una boñiga irrespirable donde sólo habiten las moscas?
No, que un millón de personas haya salido a la calle ya en dos ocasiones (concretamente en dos Diadas), no es una artimaña política para soliviantar a quienes no se atreven a salir más que para condenar la homosexualidad, el aborto o lamentar la pérdida de las colonias o la muerte de Franco (véase el uso que se sigue dando al Valle de los Caídos y véase dónde pacen ahora los ultras que entraron como animales el 11-S en el madrileño Centro Cultural Blanquerna). Ese pacífico movimiento de ciudadanos y ciudadanas que se hace oír es una invitación a la civilización y no a la barbarie, algo que en un país civilizado daría para enjundiosos debates sobre si la jurisprudencia que instamos a respetar es o no la que corresponde; algo que en un país de Arieles y no de Calibanes sería un motivo de superación y no de censura.
Porque yo también creo que es una idea excelente respetar la ley (y los semáforos y las salidas de emergencia…), pero no al precio de no poderla cambiar si esta no resulta útil, ni justa, ni satisfactoria. En un país civilizado y con cierto nivel cultural, ningún intelectual se atrevería a repetir en un periódico de primera categoría lo mismo que un adolescente sumiso adoctrinado por unos padres cuyo único horizonte de expectativas es obedecer ciegamente al papá Estado que le da de comer. O sea que tarjeta roja a Javier Cercas & Cia y tarjeta verde a Suso de Toro, por haber elevado el debate, sacándolo de la ciénaga de supina incultura en que se halla sumido, tan ramplón y tan cerril que deja claro que si las reglas de juego actuales producen debates tan estériles, es evidente que no nos sirven. Cambiémolas, no en beneficio de la independencia catalana sino en beneficio de todos y de todas, para tener un futuro mejor.
Por suerte, escritor no es sinónimo de intelectual… La pregunta entonces es: ¿dónde están los intelectuales?
Está visto que en septiembre los escritores andan algo extraviados tras el sopor del verano, sin saber muy bien cómo arrancar su faceta de opinadores, y se lanzan a la piscina de la actualidad con energía sin saber si hay agua, de ahí algunos sonoros batacazos como los de Cercas, Lindo y el mismísimo Vargas Llosa, ¡todo un Premio Nobel de Literatura, quién lo diría! Y es que del citado cuarteto, en este tema que nos ocupa, sólo se salva el gallego Suso de Toro, y con nota bien alta: habría que hacerle un monumento al sentido común, mientras que a los demás debiéramos volverles a enseñar la regla de tres, que parecen haber olvidado. Claro que acaso, como digo, septiembre les haya pillado aletargados…
Decía el escritor argentino Rodolfo Walsh (el autor del inmenso relato que es “Esa mujer”): “El campo intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprenda lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante”. Mientras que, a su vez, Sartre afirmaba: “Un intelectual, para mí, es esto: alguien fiel a un conjunto político y social, pero que no deja de cuestionarlo”. Lejos de ansiar que nuestros intelectuales obedezcan consignas de ningún partido, cabecera periodística o canal de televisión, nos encanta que cuestionen hasta la diaria salida del sol; se nos antoja un ejercicio muy saludable para la que se supone es su misión en la sociedad: invitar a la reflexión. Pero de ello a sembrar la confusión, invitar a la falta de raciocinio y ver al demonio allí donde no está, hay un buen trecho.
Dejando aparte que acaso haya temas de mayor enjundia para estrenar temporada, como por ejemplo el horror sirio (¡glups!), la creciente brecha social, la persistencia del maltrato de género o la amenaza real de la ultraderecha en Europa, empezaré diciendo que Alzamora, por cierto de origen almeriense, debe de ser un señor muy educado, pues si tras leer el artículo de Cercas no le retira el saludo, es que o le debe dinero o algo similar. Yo, por el contrario, que en los últimos años he leído con fruición, y sin excepción, todos los libros de Cercas, estoy por colocarlos junto a los Celine. ¡No se asusten, es broma…! Pero el susodicho y sus desacertadas palabras se las traen. Por un momento, leyéndolo, creí estar leyendo al Cela censor o a alguien aún peor.
En el texto en cuestión, Javier Cercas, catalán de origen extremeño, quien fuera largos años profesor en la Universidad de Gerona, acusa de antidemocráticos a los catalanes (y no catalanes) que defienden el derecho a cambiar las reglas del juego democrático en beneficio de una mayor democracia, tratando para más inri a los lectores como si fuéramos unos mentecatos que no sabemos distinguir la tinta del bolígrafo. Escribe Cercas: “la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría”; que viene a ser como decir que, en democracia, la obediencia ciega a la ley es lo único que se espera de la ciudadanía. Y escribe también: “es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”.
Sólo le faltaba decir que si un edificio se incendia y te pilla dentro, tienes que respetar la salida de emergencia y no salir, contraviniendo la normativa, mismamente por una ventana (y para colmo rompiendo el cristal)… Se ve que a quien eso hiciera el democrático Cercas lo multaría por vandalismo; ¿multaría también a quienes saltaron desde las Torres Gemelas? No coments, aunque sinceramente esperaba mayor enjundia intelectual del autor de Anatomía de un instante, un impecable mecanismo de relojería. Querido amigo Cercas, no me lo explico, o los Premios Nacionales se suben a la cabeza en forma de nubes cegadoras o bien hacen estragos en el hígado. ¡Hágase la luz y te ilumine un poquito, no vaya a ser que te pierdas en los pasillos de la caverna!
Extrañamente el Premio Nobel peruano, que ya en su día aupó Soldados de Salamina, desde sus ya conocidas veleidades políticas salió en su apoyo, diciendo barbaridades como: “Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría”. Igual podría haber dicho que en estas últimas décadas los catalanes nos hemos convertido en gremlins, por no hablar de su ignorancia en términos de cultura catalana, pues el catalanismo, como sabe cualquier medianamente culto, es de recia y antigua raigambre y no sólo burguesa.
Siendo también una buena lectora de Vargas Llosa, se me cayó a los pies. Decía el vate que aquel era el mejor artículo que había leído sobre “el tema catalán” (¡cuál sería el peor!). ¿No hay nadie que le diga a Vargas Llosa que un Premio Nobel no puede ir por la vida escribiendo sandeces? Y peor aún, hablando de “catástrofe”, diciendo que “el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo” y que “ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones”. ¿A qué se refiere, al pernicioso café para todos?
En la misma línea se manifestó Elvira Lindo, que al parecer conoce a un montón de residentes en Cataluña que andan con miedo en el cuerpo no atreviéndose a “disentir” del “fervor mayoritario” y permaneciendo “agazapados hasta que la tempestad amaine”; será que casualmente yo conozco a todos los restantes, que lo exponen a sus anchas en salones, bares, tertulias televisivas y allí donde les viene en gana, pues tienen todo el derecho. Pero lo peor, casi espeluznante, es que compara el ambiente catalán hoy con la “espesura” del País Vasco en los peores años de ETA o con el silencio de la disidencia cubana, siendo Cuba ¡una dictadura! ¡Estamos locos o se le ha subido a Elvira Lindo el tinto de verano!
I’m so sorry, pero despropósitos al margen (de juzgado de guardia), las ideas de Cercas, Lindo y Vargas Llosa me recuerdan demasiado a esos españoles cazurros que llevan décadas diciendo que no pisarán jamás Cataluña porque los catalanes hablamos catalán y cosas peores. Mientras es fácil encontrar catalanes en cualquier punto de España admirando sus bellezas y, cómo no, su excelente gastronomía. Ellos se pierden nuestro pan con tomate, nuestras gambas de Palamós y hasta El Celler de Can Roca. Y la verdad, que se quede sin ellas también el ínclito Vargas Llosa, por amante de Barcelona que sea.
Por suerte, vino el escritor gallego Suso de Toro a insuflar aire fresco (¡bendito sea!). De Toro es un escritor comprometido (Premio Nacional de Narrativa con Trece campanadas) que al parecer ha abdicado de su condición de escritor en activo, cosa que sólo puede evidenciar una enorme salud mental (dado el aluvión de basura literaria que llega a las librerías todas las semanas). Mientras Cercas & Cia vomitaban esas cuatro chorradas de que les hablo, en “Admiremos a Cataluña” Suso de Toro demostró tenerlos bien puestos. Su artículo ha corrido por la Red como la pólvora (incendiando a unos y aliviando a otros, entre los que me cuento); en él venía a decir, alto y claro, lo que muchos estábamos esperando de boca de los intelectuales con espíritu realmente democrático, que quiero pensar son unos cuantos.
Suso de Toro, a quien desde aquí agradezco como catalana orgullosa de serlo sus lúcidas palabras, dijo resumiendo que la democracia no es esto que nos hacen creer que es (y que llevamos mal que bien arrastrando desde la Transición, que como bien sabemos recompuso lo que pudo de una España rota). No, la democracia no es esto, sino lo que debería ser y algunos están empeñados en que jamás sea. Y esa es la cuestión, y no otra, que Cercas & Cia parecen haber pasado por alto: que los catalanes que claman por su independencia (en un número tan elevado que negarles siquiera la opción a votarla sería un sacrilegio) no quieren esta democracia pacata, corta de talla e irrespetuosa para con las diferencias, sino que quieren otra (más participativa, menos sorda, más real, más al servicio de las urgencias y de los cambios). No quieren, no queremos (en eso me incluyo) una democracia que ha llevado a madrileñizar España, y tampoco una España a la que le urge desmadrileñizarse.
Queridos Cercas & Cia, sucede que hace mucho que perdimos el norte de lo que tiene que ser un estado de derecho y el clamor por la independencia catalana (como lo sería cualquier otra reclamación legítima y pacífica de cualquier sector relevante de la población), lejos de ser una ofensa a los títulos y disposiciones de la Constitución Española, es una valiosísima oportunidad para recuperar el espíritu realmente democrático que no debimos dejar que se nos escapara por el sumidero de los pactos políticos, los chanchullos y el poder de don dinero, ese poderoso caballero. Como decía muy bien dicho Suso de Toro en sus declaraciones con mejores palabras que las mías, la actual España es de un españolismo insultante, de un madrileñismo invertebrado (le hago aquí un brindis a don José) y de una falta de respeto para los pueblos históricos que invita al exilio. ¿Por qué pues dejar, desde la inercia, que perviva así por los siglos de los siglos hasta convertirse en una boñiga irrespirable donde sólo habiten las moscas?
No, que un millón de personas haya salido a la calle ya en dos ocasiones (concretamente en dos Diadas), no es una artimaña política para soliviantar a quienes no se atreven a salir más que para condenar la homosexualidad, el aborto o lamentar la pérdida de las colonias o la muerte de Franco (véase el uso que se sigue dando al Valle de los Caídos y véase dónde pacen ahora los ultras que entraron como animales el 11-S en el madrileño Centro Cultural Blanquerna). Ese pacífico movimiento de ciudadanos y ciudadanas que se hace oír es una invitación a la civilización y no a la barbarie, algo que en un país civilizado daría para enjundiosos debates sobre si la jurisprudencia que instamos a respetar es o no la que corresponde; algo que en un país de Arieles y no de Calibanes sería un motivo de superación y no de censura.
Porque yo también creo que es una idea excelente respetar la ley (y los semáforos y las salidas de emergencia…), pero no al precio de no poderla cambiar si esta no resulta útil, ni justa, ni satisfactoria. En un país civilizado y con cierto nivel cultural, ningún intelectual se atrevería a repetir en un periódico de primera categoría lo mismo que un adolescente sumiso adoctrinado por unos padres cuyo único horizonte de expectativas es obedecer ciegamente al papá Estado que le da de comer. O sea que tarjeta roja a Javier Cercas & Cia y tarjeta verde a Suso de Toro, por haber elevado el debate, sacándolo de la ciénaga de supina incultura en que se halla sumido, tan ramplón y tan cerril que deja claro que si las reglas de juego actuales producen debates tan estériles, es evidente que no nos sirven. Cambiémolas, no en beneficio de la independencia catalana sino en beneficio de todos y de todas, para tener un futuro mejor.
Por suerte, escritor no es sinónimo de intelectual… La pregunta entonces es: ¿dónde están los intelectuales?
lunes, 2 de septiembre de 2013
7. HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA
Ya en 1924, André Gide defendía por escrito la
homosexualidad en los diálogos que integran su Corydon. A raíz de ello, hubo incluso quienes le negaron el saludo.
Eso no impidió que en sus memorias confesara su condición de homosexual,
condición que a su vez en 1947 no le impidió ganar el Premio Nobel de
Literatura, lo que no quita que después de su muerte el Vaticano incluyera su
corpus literario en su particular índice de libros prohibidos (¡la Curia,
siempre tan progresista!), que a día de hoy será sin duda ingente… dado lo poco
que ha evolucionado la religión católica en ese aspecto y lo mucho que lo ha
hecho, por suerte para todos, la literatura.
Eso de que un gay declarado ganara el Premio Nobel a mediados del siglo XX, nos podría llevar a pensar que (exceptuando a los integrantes del Vaticano y a algunas otras facciones de similar catadura) el asunto de la homosexualidad como opción sexual dentro de los márgenes de la normalidad estaba ya entonces más que finiquitado. Lamentable no era así, aunque el gesto de la Academia sueca debió de ayudar mucho a que, allá por los 50, el poeta Jaime Gil de Biedma contara sin muchos reparos sus devaneos amorosos con su mismo sexo en Diario del artista seriamente enfermo.
Eso de que un gay declarado ganara el Premio Nobel a mediados del siglo XX, nos podría llevar a pensar que (exceptuando a los integrantes del Vaticano y a algunas otras facciones de similar catadura) el asunto de la homosexualidad como opción sexual dentro de los márgenes de la normalidad estaba ya entonces más que finiquitado. Lamentable no era así, aunque el gesto de la Academia sueca debió de ayudar mucho a que, allá por los 50, el poeta Jaime Gil de Biedma contara sin muchos reparos sus devaneos amorosos con su mismo sexo en Diario del artista seriamente enfermo.
Recordemos que pocas décadas atrás la historia
había sido muy cruel con aquellos y aquellas que se mostraban abiertamente gays
o lesbianas. Las lesbianas directamente no existían para la realidad oficial
(una cruel goma de borrar las volvía transparentes) y, por su parte, los gays
que osaban serlo eran duramente castigados por ello. A finales del siglo XIX
Oscar Wilde, acusado de tener un comportamiento “indecente” a raíz de sus
relaciones con Lord Alfred Douglas, acabó condenado a dos años de trabajos
forzados que le costaron la vida; y en el fatídico año 1936, García Lorca fue
fusilado en una cuneta, junto a un olivo, por ser abiertamente homosexual y no por
ser simpatizante del Frente Popular, aunque es posible que esto último también ayudara.
A diferencia de Wilde, a diferencia de Lorca, Jaime Gil murió a causa del SIDA,
esa enfermedad con que en los años 80, en Estados Unidos, se quiso estigmatizar
a la comunidad gay acusándola de haber sido demasiado promiscua durante la
década anterior. El de Gil de Biedma no es un final muy feliz, cierto, pero
cambia sustancialmente las cosas.
El estigma de la homosexualidad como amenaza, como perversión que debe ser proscrita, lleva a barbaridades como prohibirla (son muchos los países en que eso sucede, al amparo de unas leyes que la comunidad internacional debiera ocuparse urgentemente de erradicar) o atacar a sus componentes considerándolos no ya ciudadanos de segunda, sino enfermos que no tienen cabida en sociedades de impecable heterosexualidad. Sólo una tendencia enfermiza a la homologación y un miedo cerval a las diferencias puede ser la causa de que la humanidad insista en agarrarse a sus lastres y no los suelte, haciendo que el tema de la heterosexualidad obligatoria planee aún en demasiados rincones del planeta.
A tenor de los recientes ataques que algunos neonazis han llevado a cabo en Rusia contra gays o transexuales, en una oleada homófoba que incluye mofas, torturas e incluso asesinatos, vale la pena detenerse en qué es ser homosexual hoy. En Rusia, en vista de lo que sucede, un grave problema, que amenaza incluso con la deportación a los extranjeros gays que osen “ejercer como tales” dentro de sus fronteras.
En la patria de Tolstoi y Chejov una descarada homofobia institucional, que prohíbe ser abiertamente homosexual y castiga con penas de cárcel a quien no mantenga “relaciones sexuales no tradicionales”, ha llevado incluso a la Duma, su cámara de diputados, una iniciativa para prohibir que los gays donen sangre; son tratados cual apestados, eso es evidente. Lo que no se acaba de entender es que alguien en su sano juicio, miembros del COI incluidos, crean que un país donde se está llevando a cabo una “caza al gay” puede albergar unas Olimpiadas, ya sean de invierno, de verano o de primavera. ¿Las harían en un país que prohibiera y reprimiera cualquier muestra de heterosexualidad? Pues en pleno siglo XXI, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando; queda dicho, amigos del COI.
En vista de esas atrocidades y de lo mucho que cuesta eliminar reticencias y repulsas en países más avanzados en términos de civilización (como mismamente el nuestro, donde aún así hay mucha tela que cortar en lo que a libertades sexuales se refiere), parece que sean pocos los que han leído a Kinsey y a Foucault. Según los estudios científicos del primero, la mayor parte de la población tiene tendencia bisexual y sólo una minoría (de un 5 a un 10%) es totalmente hetero u homosexual. Mientras Michel Foucault, el autor de Historia de la sexualidad, aboga por la teoría queer (acabada de perfilar por la filósofa Judith Butler), es decir, por afirmar rotundamente que las opciones sexuales son construcciones sociales, determinadas pues por tabúes y arraigadas costumbres. Lo cierto es que la lógica nos lleva a pensar que los dos parecen tener bastante razón y que acaso la realidad sea el resultado de la combinación de ambos presupuestos.
Quienes tenemos el convencimiento (por puro sentido común y sin necesidad de ninguna clase de exacerbada capacidad de observación) de que la heterosexualidad tal como la entendemos, como opción masiva que lo invade todo (la vida social, la publicidad, la música…), es un invento muy cómodo para quienes aspiran a mantenernos a todos bien sujetos en un orden fácil de controlar (y en ese quienes incluyo a las múltiples religiones que condenan otras opciones sexuales), sonreímos cuando tropezamos en el día a día con todos esos ellos y ellas que están convencidos de que han elegido con quien se acuestan, cuando se ve de lejos que no sólo no lo han hecho sino que, de ser distintas las circunstancias de sus vidas, no dudarían en cambiar de tercio.
Nos creemos muy libres y, sin embargo, no lo somos nada: pájaros metidos en jaulas de finos barrotes, por los que entra el aire, sí, por los que entra también la luz, pero de las que no se puede salir. Y es que, si acatamos en casi todo los destinos que otros han escrito para nosotros (que nos llevan a suscribir hipotecas abusivas, abrevarnos en una idiotizante cultura de masas o ingerir comida basura a pesar del exponencial aumento del índice de obesidad), ¿por qué iba a ser distinto en cuestiones sexuales?
Si vivimos vidas que no nos gustan en tantos aspectos, si estamos esperando ansiosos (y muchas veces a base de ansiolíticos) a que nos asole una enfermedad, suceda un accidente o nos roce una pequeña catástrofe para dar un vuelco a nuestra existencia y encauzar de una vez un rumbo nuevo, ¿por qué nos aferramos con tanto ímpetu a ese 95% de heterosexualidad obligatoria? ¿Quiere decir esto que sólo los gays y las lesbianas son realmente libres? Es posible, aunque acaso un 5% de heteros también lo sea. “Mi sexo es mío”, debiéramos exclamar todos y todas. Ese día es posible que los porcentajes cambiaran… sustancialmente.
El estigma de la homosexualidad como amenaza, como perversión que debe ser proscrita, lleva a barbaridades como prohibirla (son muchos los países en que eso sucede, al amparo de unas leyes que la comunidad internacional debiera ocuparse urgentemente de erradicar) o atacar a sus componentes considerándolos no ya ciudadanos de segunda, sino enfermos que no tienen cabida en sociedades de impecable heterosexualidad. Sólo una tendencia enfermiza a la homologación y un miedo cerval a las diferencias puede ser la causa de que la humanidad insista en agarrarse a sus lastres y no los suelte, haciendo que el tema de la heterosexualidad obligatoria planee aún en demasiados rincones del planeta.
A tenor de los recientes ataques que algunos neonazis han llevado a cabo en Rusia contra gays o transexuales, en una oleada homófoba que incluye mofas, torturas e incluso asesinatos, vale la pena detenerse en qué es ser homosexual hoy. En Rusia, en vista de lo que sucede, un grave problema, que amenaza incluso con la deportación a los extranjeros gays que osen “ejercer como tales” dentro de sus fronteras.
En la patria de Tolstoi y Chejov una descarada homofobia institucional, que prohíbe ser abiertamente homosexual y castiga con penas de cárcel a quien no mantenga “relaciones sexuales no tradicionales”, ha llevado incluso a la Duma, su cámara de diputados, una iniciativa para prohibir que los gays donen sangre; son tratados cual apestados, eso es evidente. Lo que no se acaba de entender es que alguien en su sano juicio, miembros del COI incluidos, crean que un país donde se está llevando a cabo una “caza al gay” puede albergar unas Olimpiadas, ya sean de invierno, de verano o de primavera. ¿Las harían en un país que prohibiera y reprimiera cualquier muestra de heterosexualidad? Pues en pleno siglo XXI, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando; queda dicho, amigos del COI.
En vista de esas atrocidades y de lo mucho que cuesta eliminar reticencias y repulsas en países más avanzados en términos de civilización (como mismamente el nuestro, donde aún así hay mucha tela que cortar en lo que a libertades sexuales se refiere), parece que sean pocos los que han leído a Kinsey y a Foucault. Según los estudios científicos del primero, la mayor parte de la población tiene tendencia bisexual y sólo una minoría (de un 5 a un 10%) es totalmente hetero u homosexual. Mientras Michel Foucault, el autor de Historia de la sexualidad, aboga por la teoría queer (acabada de perfilar por la filósofa Judith Butler), es decir, por afirmar rotundamente que las opciones sexuales son construcciones sociales, determinadas pues por tabúes y arraigadas costumbres. Lo cierto es que la lógica nos lleva a pensar que los dos parecen tener bastante razón y que acaso la realidad sea el resultado de la combinación de ambos presupuestos.
Quienes tenemos el convencimiento (por puro sentido común y sin necesidad de ninguna clase de exacerbada capacidad de observación) de que la heterosexualidad tal como la entendemos, como opción masiva que lo invade todo (la vida social, la publicidad, la música…), es un invento muy cómodo para quienes aspiran a mantenernos a todos bien sujetos en un orden fácil de controlar (y en ese quienes incluyo a las múltiples religiones que condenan otras opciones sexuales), sonreímos cuando tropezamos en el día a día con todos esos ellos y ellas que están convencidos de que han elegido con quien se acuestan, cuando se ve de lejos que no sólo no lo han hecho sino que, de ser distintas las circunstancias de sus vidas, no dudarían en cambiar de tercio.
Nos creemos muy libres y, sin embargo, no lo somos nada: pájaros metidos en jaulas de finos barrotes, por los que entra el aire, sí, por los que entra también la luz, pero de las que no se puede salir. Y es que, si acatamos en casi todo los destinos que otros han escrito para nosotros (que nos llevan a suscribir hipotecas abusivas, abrevarnos en una idiotizante cultura de masas o ingerir comida basura a pesar del exponencial aumento del índice de obesidad), ¿por qué iba a ser distinto en cuestiones sexuales?
Si vivimos vidas que no nos gustan en tantos aspectos, si estamos esperando ansiosos (y muchas veces a base de ansiolíticos) a que nos asole una enfermedad, suceda un accidente o nos roce una pequeña catástrofe para dar un vuelco a nuestra existencia y encauzar de una vez un rumbo nuevo, ¿por qué nos aferramos con tanto ímpetu a ese 95% de heterosexualidad obligatoria? ¿Quiere decir esto que sólo los gays y las lesbianas son realmente libres? Es posible, aunque acaso un 5% de heteros también lo sea. “Mi sexo es mío”, debiéramos exclamar todos y todas. Ese día es posible que los porcentajes cambiaran… sustancialmente.
sábado, 1 de junio de 2013
6. GARRULISMO
A los partidarios de la LOMCE (Ley
Orgánica para la mejora de la calidad educativa), que de educación parecen
saber bien poco y aún menos de construcción del espíritu crítico (aunque sí al
parecer del “espíritu nacional”), en lugar de moverles el deseo de devolvernos
a todos a los oscuros años cuarenta (cuando los maestros adoctrinaban a los
alumnos a base de reglazos), debiera moverles la preocupación por el creciente
garrulismo, que se extiende por la piel de toro como una mancha de aceite y
alcanza cotas que ni el Everest. Basta abrir bien los oídos en las calles, en
los transportes públicos y en ciertos programas de televisión.
A propósito de dicho invento (que al parecer
nuestros niños y niñas visionan una media de cuatro horas al día), en una
reciente visita a España Umberto Eco afirmaba que en su país la televisión, por
muy berlusconizada que estuviera, había enseñado a los italianos de extracción
social más baja a comunicarse en una lengua estándar, cosa que consideraba un
gran avance. Ciertamente visto así lo es, aunque por tratarse de un semiótico
la suya me parece una apreciación algo simplista. Yo más bien diría que la
reciente televisión, aquí y allá, en España y en Italia (donde se me antoja incluso
peor que aquí), lo que está haciendo es adulterar el aprendizaje de las capas
de la población menos preparadas, que viene a ser como enseñar a un niño a
hablar una lengua brindándole tan sólo una larga lista de improperios e insultos:
hablará la lengua, cierto, e incluso con soltura, pero con la boca muy sucia.
Quienes somos alérgicos a la mala
educación, pero que aún así no tenemos la suerte de padecer severas sorderas (y
sí en cambio gustamos de pasearnos por las variadas veredas de la vida: léase
centros urbanos, barrios populares, metros y demás lugares de pública
concurrencia), últimamente vemos que la cosa va a peor. Los habitantes de nuestro
terruño nunca brillaron precisamente por sus exquisitos modales, pero ahora más
que nunca lo que se ve y se oye chirría de un modo alarmante, pues los garrulos
despliegan sus plumas con el orgullo de quien acaba de comprarse un Rólex
falso: se comunican a gritos a base de procacidades (Sánchez Ferlosio no escribiría
hoy El Jarama sino El Guarrama), se arrellanan en los
trenes y demás como si estuvieran en sus casas y no paran de incordiar allí
donde van. Son los hijos de “Gran Hermano” y de cosas peores. La otra noche, en
un restaurante, incluso hubo que llamar a los Mossos d’Esquadra porque un par
de tarugos insistía en tirar comida a las mesas vecinas al tiempo que
insultaban a quienes les recriminábamos su simiesco comportamiento.
A propósito de esta nueva tribu la
escritora Ángeles Caso, que siempre me ha parecido muy sensata, se hacía la
siguiente reflexión: "Quizá la diferencia es que antes no las veíamos
públicamente. Formaban parte de la multitud silenciosa. No aparecían en los
medios de comunicación o en las creaciones culturales, salvo para ser objeto de
burla. Y si se mostraban discretos en vez de deslenguados, a menudo era más por
sumisión que por educación: sumisión al señorito, al cura, al amo o a la
policía, ante quienes debían por fuerza fingir <buenos modales>. Lo único
diferente respecto al pasado es que ahora pueden exhibirse tal y como son, y
que muchos les aplauden por ello" (“La buena
educación”, La Vanguardia 2/02/2012).
Esos sumisos de antaño (que no lo eran
por gusto sino por obligación y que son quienes más debieran haber ganado con
los recientes avances históricos), han tenido hijos y nietos que podemos
considerar, aunque suene fatal, el fruto podrido del progreso. Son en cierta
medida el “hombre-masa” de Ortega y Gasset, consagrados a “la libre expansión
de sus deseos vitales”, que actúan como dueños del mundo e ignoran el valor de
los esfuerzos que los han llevado hasta una vida más digna que las que llevaban
sus mayores. Son pues los daños colaterales de un sistema democrático que no ha
sabido entender que, una vez asegurados el pan para todos y la libertad de
expresión, lo que había que evitar era dejar a la deriva a un porcentaje de
ciudadanos que por sus propios medios no eran capaces de construirse como seres
sociales civilizados (ya fuera por falta de costumbre familiar, por sus pocas
luces o por su ausencia absoluta de sensibilidad).
Y es por ello y para ello (porque todos
los ciudadanos tenemos derecho a crecer en el respeto al prójimo, a saber
comportarnos en sociedad y a no ir por la vida lanzando graznidos como
irracionales), que se impone una reforma educativa; no porque tengamos que
competir con Europa, no porque nuestros índices de fracaso escolar estén por debajo
de la media, no porque se imponga la absoluta necesidad de dominar el inglés.
Para ir por la vida hace falta saber sentarse educadamente en un tren, salir a
hablar por teléfono a las plataformas para no molestar a los demás, respetar el
espacio del vecino y preservar su tranquilidad. Sin eso, ni siquiera con acento
de Oxford se puede avanzar ni un milímetro, y mucho menos podrá convertirse uno
o una en un individuo preparado y solvente capaz de enfrentarse al futuro.
Así que, harta de topar a diestro y
siniestro con individuos vestidos con un mal gusto atroz, que utilizan
expresiones que ni en el trullo y a los que el mañana no depara más que un
traumático suspenso colectivo, quien esto escribe propone en lugar de la LOMCE (que
por suerte muchos ansiamos cercenar de raíz), un nuevo enfoque legislativo al
que podríamos bautizar como LOEGCI (Ley Orgánica para la erradicación del
garrulismo con carácter inmediato). En tiempos como estos, en que se proponen
iniciativas tan absurdas como la denominación de “lapao”, no creo que desentone
mucho.
domingo, 19 de mayo de 2013
5. # S/INCULTURA
¡Alerta, el barco se hunde! Se hunde con todas las
de la ley y, lo que es aún peor, avalado por esa misma ley. La ley, las leyes
que tendrían que defendernos de la barbarie, del adocenamiento, de la incultura,
que tendrían que garantizarnos los instrumentos para cultivar el espíritu
crítico y, en definitiva, el espíritu a secas, se nos vuelven en contra y nos
derrumban como un golpe de mar, a decretazo.
Se reducen drásticamente las ayudas públicas, sube
el IVA y automáticamente baja la asistencia a cines, teatros, centros de arte y
a todos los templos de la cultura habidos y por haber, desde el más humilde
hasta el más vestido de oropel. 21 es la cifra de la discordia cultural en
estos nuevos tiempos. Es el porcentaje de IVA que pagamos por una entrada de
museo, una sesión de cine o la descarga de un libro electrónico. Y también es aproximadamente,
dato nada baladí, el porcentaje de españoles que en la actualidad vive por debajo
del umbral de la pobreza.
Recordemos que 21 gramos son asimismo los que
pierde el cuerpo al morir, es decir, lo que pesa el aliento de vida que se
escapa y que algunos han llamado “el alma”. El alma, ese factor intangible que
cohesiona una sociedad (esa fuerza moral y social, generadora de una conciencia
colectiva), tan necesaria en lo que Durkheim, padre de la sociología, llamó solidaridad
orgánica, la sociedad conflictiva de hoy en la que cada individuo es un órgano
y se ve obligado a entenderse con los demás desde la diferencia y no desde la
uniformidad, con lo que ello implica de riqueza pero también de dificultad.
Con la terrible caída del consumo cultural,
arrastrada por la del consumo en general y que afecta sin excepción a todos sus
ámbitos, descienden igualmente de un modo sustancial en las librerías las
ventas de ese magnífico invento popularizado por Gutenberg a mediados del siglo
XV, y que desde entonces nos ha acompañado en mesillas de noche, salas de estar
y, por qué no, cuartos de aseo. Las librerías ven así la espada de Damocles
pender sobre sus estantes y los libreros comienzan a hacer planes para
transformarlas en locales de tragaperras o tiendas de gominolas, que
seguramente gozarán bien pronto de ventajas fiscales destinadas a incentivar la
obesidad y la ludopatía, juntas o por separado.
La escuela pública se levanta contra los recortes y
contra “la ley Wert”. Profesores, padres y alumnos se encierran en centenares
de colegios e institutos día sí y día también reclamando unas prestaciones
dignas fruto de unos presupuestos dignos, mientras ven cómo se cierne sobre
ellos la amenaza de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad
Educativa), que no sólo descarta conservar la asignatura de Educación para la Ciudadanía,
como si no la necesitáramos con carácter de urgencia, sino que ya es tachada de
elitista y segregadora antes de ser aprobada.
Y es así como las aguas de la marea roja en defensa
de la cultura y las de la marea verde en defensa de la educación confluyen en
la defensa común de un hoy, un mañana y un pasado mañana que no acabe de un
plumazo con el trabajo de hormiga que en las últimas décadas se ha cobrado sus
mejores resultados y que empezaba a asimilarnos a otros países de nuestro
entorno inmediato.
Esa laboriosa construcción que nos ha llevado
centurias levantar y que pasa por la democratización del saber, por el acceso
de todos y todas a los bienes culturales y por la propagación de hábitos como
la lectura, se derrumba como si se tratara de un castillo edificado con
frágiles palillos. Cuando es el resultado del esfuerzo de generaciones y
generaciones de hombres y mujeres, que han defendido a diestro y siniestro las
ventajas del conocimiento y del cultivo de la sensibilidad artística.
Lamentablemente este retrato atroz no responde a
cifras abstractas que revierten tan sólo en las cuentas de resultados y que
tendrán efectos lesivos únicamente a largo plazo. Sino que hablamos de personas
con nombres y apellidos, con padres e hijos, sobre los que caen los devastadores
efectos del derrumbe. El sector cultural se debilita a pasos agigantados y sus
agentes (creadores, gestores, agitadores…) se ven abocados a la precariedad y a
la radical falta de recursos, engrosando la lista de los seis millones de
parados alcanzados a día de hoy y quedando algunos de ellos al borde de la
exclusión social. ¿Quién será capaz después de convertir en bibliotecas, salas
de cine, exposiciones y conciertos esa hoguera de cenizas humeantes?
Pero que nadie se lleva a engaño. No, no se trata
de un cambio de modelo (de lo analógico a lo digital, de la velocidad a la
aceleración…), con el que podríamos lidiar enarbolando armas nuevas destinadas
a adaptarnos a una transformación que deviniera en evolución. Nos hallamos ante
un proceso de involución, impulsado desde el poder más egoísta y del que este
aspira a salir reforzado. No hay en ello ni un ápice de sentido del bien común,
de responsabilidad común, de aspiración común.
La perversión es tal que al tiempo que se asiste a
la debacle se ensalza “el arte del toreo”, es decir el cruel sacrificio ritual
del toro, y se plantean deducciones fiscales para casinos y locales afines, reflejos
de un país enfermo, inminentemente catatónico. ¿Queremos ser ese país que se
nos anuncia y que se nos impone? ¿Queremos ser un país de lerdos vigilados por
un pantocrátor que desde lo alto nos mira pacer como borregos?
Es el comienzo de una nueva era, eso está claro. La
era de la ignorancia, la llamaremos, e inundaremos los balcones y las farolas
de pancartas y banderolas que recen: “Aquí yace lo que queda de nuestra
cultura, en el vuelo de las palomas y la brisa matutina”. Seremos Lorca sin “La
Barraca”, Falla sin “El amor brujo”, Gaudí sin “La Sagrada Familia”, Picasso
sin el “Guernica”, Pla sin “El quadern gris”, Chillida sin “El peine de los
vientos”… Seremos Nuria Espert sin teatro, Ana María Matute sin editor, Almodóvar
sin cámara de cine, Barceló sin pincel…
“La poesía es imprescindible, me gustaría saber
para qué”, se preguntaba Cocteau. Acaso jamás lo sabremos y su misterio
insondable nos acompañará siempre. Pero tenemos muy claro para que sirven la
educación y la cultura, lo tenemos meridianamente claro: sabemos a ciencia
cierta que no nos hacen “más” persona, nos hacen persona. Y queremos seguir
siéndolo.
lunes, 1 de abril de 2013
4. SENNETT, LA IZQUIERDA Y EL FEMINISMO
Con el espíritu nada mitómano que me
caracteriza, pero con una gran sentimiento de admiración, acudí el otro día a
la rueda de prensa que ofrecía en La Pedrera gaudiniana ni más ni menos que el
sociólogo Richard Sennett (El respeto,
La corrosión del carácter, El declive del hombre público…), de
quien sigo los pasos. Tuve pues la oportunidad de oírle departir acerca de su
última obra, Juntos. Rituales, placeres y
políticas de cooperación (Anagrama), segundo volumen de su trilogía Homo faber.
Coincidía que era el 8 de marzo, Día de la Mujer, y yo venía de un acto institucional celebrado en el Parlamento de Cataluña, de modo que no pude por menos que preguntarle al Sr. Sennett si en ese Juntos, título expresivo donde los haya, había tratado el eterno asunto de la falta de cooperación de hombres y mujeres. Como era de esperar, me respondió que no. Me dije: “Uno más a quien le importa bien poco lo que le sucede a la otra mitad de la población, aquella a la que no pertenece”.
Coincidía que era el 8 de marzo, Día de la Mujer, y yo venía de un acto institucional celebrado en el Parlamento de Cataluña, de modo que no pude por menos que preguntarle al Sr. Sennett si en ese Juntos, título expresivo donde los haya, había tratado el eterno asunto de la falta de cooperación de hombres y mujeres. Como era de esperar, me respondió que no. Me dije: “Uno más a quien le importa bien poco lo que le sucede a la otra mitad de la población, aquella a la que no pertenece”.
La ensayística actual se diría que es
un coto reservado a los varones, pues en un elevadísimo porcentaje es un género
literario que parecen cultivar sólo ellos (en España, por ejemplo, hay tan sólo
dos mujeres que han “merecido” el Premio Nacional de Ensayo, mientras lo han
recibido treinta y tantos hombres). Pese a ello, y aunque el afán divulgador ha
adelgazado sustancialmente enfoques y contenidos, lo ha convertido también en
un sector en auge y las traducciones son en él abundantes.
Esa efervescencia nos permite acceder
con facilidad a nombres extranjeros señeros como el citado Sennett, Enzensberger,
Todorov, Lipovetsky, Agamben, Sen, Nussbaum (esta sí mujer) y tantos otros. Sus
obras, al igual que la de los ensayistas locales, están repletas de reflexiones,
propuestas e incluso vaticinios donde la problemática específica de las mujeres
brilla por su ausencia. Por supuesto, en todos ellos se alude a “el hombre” o a
“el individuo” para referirse al ser humano, y se hace de un modo realmente
machacón. Resulta curioso que caballeros tan preparados y supuestamente tan
pensados, que no sólo leídos, no sean capaces ni siquiera de desdoblar los
sustantivos genéricos. Como me decía el otro día una amiga acerca de otro
prohombre que ha visitado también Barcelona en fechas recientes: “¿Acaso Bauman
no sabe que quien sufre más intensamente las consecuencia de la sociedad
líquida es la mujer? ¿Por qué entonces casi ni la menta?”.
Sorprende el desinterés de esos
próceres del pensamiento por el género femenino en un mundo que exuda por todos
los poros tan ostentosos desajustes de género. Si un extraterrestre aterrizara
en nuestro planeta, al estilo del Gurb de Mendoza, es evidente que advertiría
en un plis plas que algo huele a podrido en esta sociedad nuestra: señoritas en
ropa interior anunciando café soluble, páginas y páginas de prensa plagadas de
fotos con caballeros de traje y corbata, y lo que es peor, unos índices
altísimos de violencia de género que se ceban en mujeres jóvenes, maduras e
incluso ancianas. ¿Presuponemos menor
capacidad de observación a nuestros probos ensayistas contemporáneos que a un
marciano cualquiera?
Volviendo al libro de Sennett, diré que
disecciona, con el estilo hondo aunque renuente a los tics de la Academia que
le caracteriza, la naturaleza de la cooperación a lo largo y ancho de la
Historia, hasta llegar a la reciente eclosión de la gran ágora-gran bazar-gran
agencia de información-gran caos que es Internet. Una cuestión clave en la
evolución que nos ha llevado a vivir como vivimos y no colgados de lianas, pues
la colaboración es un ingrediente clave en el progreso de la humanidad, y sin
grandes dosis de cooperación no hubiera sido posibles los grandes pasos que
esta ha dado.
Por otra parte, todos sabemos que la
actual coyuntura es seriamente preocupante, pues se ciernen sobre nosotros
amenazas que creíamos ya olvidadas (pérdida de libertades, desaparición de
coberturas sociales básicas…). Y dado que las amenazas, sean del orden que
sean, tienden a replegar a los amenazados a lugares seguros, y por lo tanto
conocidos, es por ello que habiendo calado ya en los ciudadanos y en las
ciudadanas el temor a un empeoramiento de la crisis económica, el espíritu
conservador gana terreno, lo que se traducirá en más votos para la derecha. Nuestra
derecha actual puede parecer inofensiva, pues sus métodos son menos descarados
que los de las derechas de antaño, pero no lo es. De “la repugnancia que
producen los malintencionados disparates verbales de los meninos y meninas del
Gobierno, y su malévola gestión de nuestros asuntos” hablaba Maruja Torres en
un reciente artículo.
En unos momentos en los que la carta de
expulsión del sistema se cierne sobre tantas y tantos, un gobierno que no
atiende sin dilación a esa urgencia y marea la perdiz encastillándose en su
monolítica ideología, basada en la perpetuación de las desigualdades, resulta
tan peligroso como un pelotón de fusilamiento en plena contienda bélica. Es
evidente que dicho gobierno, siendo suaves, obedece a pies juntillas a la
viñeta de El Roto que reza: “Señores, facilitarle la vida a la gente es
populismo, lo ortodoxo es amargársela”.
Sólo la cooperación entre quienes
piensan que la política conservadora es hoy día un despropósito, puede
salvarnos de un desastre seguro, de un polvorín que no tardará en estallar;
olvidan las derechas que la velocidad en la transmisión de información
imposibilita ahora la ceguera en que los ciudadanos vivían antaño. Y ello a
pesar de lo que en la gestión empresarial recibe el nombre de “el efecto de
silo” y que Sennett define en Juntos como
“el aislamiento de los individuos y departamentos en unidades distintas,
personas y grupos con poco que compartir y que en realidad ocultan información
útil a los demás”.
Es de lamentar que la izquierda, que es
nuestra única tabla de salvación, no esté haciendo bien su trabajo, pues el
reloj corre en su contra y en la de todos y todas. Nada nuevo bajo el sol, esa
es la perenne enfermedad de la izquierda, su peor lacra: el espíritu de nula
cooperación entre quienes debieran ser aliados. Un asunto de enorme relevancia,
pues entorpece el curso natural del flujo político en las coyunturas más delicadas
(como la que ahora vivimos) y en las más decisivas (como la que ahora vivimos).
Está visto que así como la derecha avanza a buen ritmo hacia la culminación de
sus objetivos, por espurios que estos sean (que lo son), a la izquierda le
encanta perderse en los mil matices que la separan de sus afines, sin llegar a
ponerse jamás de acuerdo.
¿Pero cómo es posible que ante la
amenaza que supone el enrocamiento de la derecha, la izquierda no responda como
un solo hombre a sus bravuconadas, salidas de tono, ataques a la democracia,
faltas graves al sentido común y flagrantes insultos a la ciudadanía? La
respuesta es bien sencilla: la izquierda no responde como un solo hombre porque
no lo es, la izquierda es y ha sido siempre una mujer; y las mujeres jamás
respondemos como una sola mujer, pues somos demasiado distintas entre nosotras,
demasiado nada masa compacta para responder “como una sola mujer”.
Es el eterno problema del patriarcado:
mientras los hombres han sabido aunarse bajo un manto común, y funcionan como
un lobby cuyo engrasado engranaje jamás se oxida, las mujeres somos una suma de
yoes encantados de cultivar nuestros matices y diferencias. De ahí la falta de
sororidad, de ahí la falta de agenda colectiva y de ahí, sobre todo, el fracaso
del feminismo, incapaz de sumar en el bien común en lugar de restar en el bien
particular.
A la izquierda le pasa pues como al
feminismo, que se pierde en la heterogeneidad y se niega a la homogeneidad. De
ahí que, visto lo visto, al igual que el feminismo ha fracasado (a pesar de sus
muchos logros históricos), esté fracasando ahora estrepitosamente la izquierda
(a pesar de sus muchos logros históricos). La pregunta es: ¿Nos lo podemos
permitir? Y la respuesta es no. De modo que a la izquierda no le va a quedar
otra, le guste o no, que despertar de su largo sueño de falta de cooperación y
lanzarse al camino de las alianzas y la desinteresada colaboración. Y otro
tanto puede aplicarse al feminismo, que ya está tardando en espabilar.
Renovarse o morir; cooperar o fenecer.
viernes, 1 de marzo de 2013
3. LA ESCRITORA OBEDIENTE
En un programa cultural de
la televisión catalana (de esos que justifican
que no tiremos nuestros
relucientes y extraplanos aparatos de tv por la ventana), escucho con atención una
entrevista a una nueva autora, que ha aparecido rutilante en el panorama de las
letras sin que jamás antes se la hubiera oído nombrar. La acompaña su agente
literaria, Anna Soler-Pont. La autora en cuestión, para más señas donostiarra,
se llama Dolores Redondo y al parecer ha escrito la primera entrega de una
trilogía negra ambientada en el valle de Baztán, en las húmedas tierras
navarras, entre caseríos dispersos y verdes laderas. El libro se titula El guardián invisible. Al parecer esta
escritora hasta la fecha ignota tiene en su haber una primera novela de escasa
circulación y poco más. No es pues un gran currículum literario el suyo, sino
todo lo contrario: el perfil ideal para devenir en una autora de best sellers, me digo desde mi atalaya
de modesta crítica literaria ya bregada en algunas trincheras.
Dicha escritora cuenta con
una sonrisa cómo ha seguido sin rechistar todas y cada una de las
recomendaciones de su agente, y cómo se ha desplazado dócil por la geografía
allí por donde esta la guiaba (radios, teles, ruedas de prensa...). Dice
saberse lega en materia literaria y confiar plenamente en su agente, que a su
vez admite que acaso se trate de la clienta ideal. En la página web de la
agencia, se cuenta que su novela ha sido vendida a editoriales de prestigio
como Feltrinelli y Harper Collins y que será publicada próximamente en doce
lenguas. Si curioseo entre las portadas varias que ya se anuncian, y que
ostentan fotografías envueltas en un sugestivo halo de misterio, advierto que
se trata de la clase de libro que yo no compraría jamás, ni siquiera con una
pistola en la sien. Se nos dice también que los derechos cinematográficos han
sido vendidos ni más ni menos que al productor de la trilogía de Larsson, tan
celebrada y, para qué negarlo, tan rentable. Es evidente que autora y agente
están haciendo un excelente business (¡y
yo que me alegro!).
Como ya digo ese tipo de
literatura no es santo de mi devoción, y ni siquiera despierta en mí un mínimo
de curiosidad, lo admito, aunque me alegra pensar en esos miles de lectoras y
lectores aficionados a la cultura del best
seller que en fechas próximas dedicarán tardes y tardes a leer esa trama a
ciencia cierta trepidante (dichos lectores suelen ser lentos y los libros les
duran semanas o incluso meses). Dejarán pues de ocupar por un rato los centros
comerciales, o bien dejarán de contemplar cual borregos algunos programas de
tele basura de los que son fervientes seguidores; por no hablar de las series
que últimamente alcanzan picos de audiencia inusitados y que tienen como
principal objetivo invitar a vivir vidas ajenas y a olvidar la propia.
Aquí tendría que entonar un
mea culpa por no imaginar al lector y
a la lectora de best sellers como amantes
de las prendas de cachemira, aficionados a citar a Shakespeare y Flaubert en
sus lenguas originales, cultivados colecionistas de atardeceres sublimes y
pinacotecas penumbrosas, o devotos de los aforismos de Lichtenberg. Me consta
que el perfil del lector y la lectora de best
sellers es disparejo y variado, y que no me mueve más que la displicencia y
cierta altanería a imaginarlos como individuos en chándal, comedores compulsivos
de comida rápida y partidarios de las aglomeraciones y las modas vanales. Soy
una aspirante a lectora secreta y a escritora maldita (¡alabados sea Oscar
Wilde, Emily Dickinson y el mismísimo Alejandro Sawa!), y en mi condición me
veo impelida a despreciar al lector de best
sellers y a desconfiar de sus autores, aunque se forren, cosa que envidio y
mucho.
Pensar en una escritora
obediente, que acata sin rechistar los mandatos de su agente, me hace pensar en
todo lo contrario, en el escritor rebelde que se niega a firmar en el Corte
Inglés por una cuestión de estética y que jamás se sentaría junto a un
personaje mediático el día de Sant Jordi. Este último suelen tener la VISA caducada
por no haberla sacado de la cartera en mucho tiempo y su cuenta corriente emula
el rojo de las señales de Stop. Es
también un ser que gusta de despreciar a los nuevos ricos, llevar zapatos poco
lustrosos y las coderas de los jerseys más bien desgastadas.
Recientemente la veterana
escritora sueca Maj Sjöwall, quien recibió el Premio Pepe Carvalho en el
Festival Barcelona Negra, no dudó en afirmar que hoy los autores se interesan
sólo por el dinero. Me digo que es normal que lo hagan, cuando hace ya décadas
que lo único que interesa al grueso de la población es eso, el dinero; ¿y qué
son los escritores y las escritoras sino un puñado de mortales iguales al común
de los mortales, como la inmensa mayoría hambrientos de lujos estériles y
fondos de pensiones? Me digo también que, casi siempre, el interés de los
creadores literarios por el dinero parece inversamente proporcional al interés
de sus obras, de ahí que no pueda por menos que sospechar que la capacidad de
obediencia de un autor o autora y su contrario, es decir, su capacidad de
rebeldía y desobediencia, parezcan buenos indicadores del nivel literario de lo
que escriben o dejan de escribir.
Por suerte viene la gala de
los Premios Goya a levantarme el ánimo y, amén de contemplar con gran disgusto
que los integrantes del cine español son grandes masticadores de chicle
(¡Belcebú los castigue con dolorosísimas caries!), oigo por fin el cabreo y la
rebeldía, el eco de la libertad. Quizás en estos tiempos afónicos, en el campo
artístico las gentes del cine sean las únicas capaces de morder la mano que les
da de comer. Y esa noche, después de haber pasado tres horas en la grata
compañía de Eva Hache (como siempre fantástica), me voy a dormir tranquila
sabiendo que aún quedan un puñado de artistas capaces de ponerse el mundo por
montera si es necesario, aunque luego venga la derecha más rancia a intentar
sacarles los colores. ¡Santa inocencia! Amigos de Intereconomía, ¿acaso piensan
que los que tenemos dos dedos de frente hacemos algo más que reírnos de su
patética prepotencia?
jueves, 31 de enero de 2013
2. CHORICISMO
Nuestros compatriotas
llevan siglos practicando el mismo deporte (cuanto menos desde El lazarillo de Tormes) y ahora resulta
que empezamos a hablar de él como si estuviera recién inventado o acabara de
llegar por bandeja diplomática procedente de algún país con licencia para robar.
Alguien tendría que analizar a fondo de una vez por todas esa vieja costumbre
de la desmemoria, que todo lo convierte en novedad e impide así hurgar en las
raíces y anticipar también, en consecuencia, los brotes verdes que están por
llegar. Aquí agenciarse lo ajeno ha sido siempre una práctica común, tan
extendida como los bocadillos de calamares en los aledaños de la madrileña
Plaza Mayor, las banderillas de encurtidos en los mostradores de los bares de
nuestra ancha y variada geografía o las turcas de garrafón, de tan letales
consecuencias para los lunes laborables y, en general, para el progreso
económico del país.
Puestos a no mirar
demasiado atrás (tampoco se trata de citar la nefasta conquista de América),
pongamos que desde los albores de la democracia se viene comentando, tanto en
voz alta como en voz baja, que la financiación de nuestros partidos políticos
no tiene un palmo de limpio, del mismo modo que de todos es sabido que el arte
de defraudar a la Hacienda pública es entre nosotros eso, todo un arte, y como
tal se aplaude con el mismo énfasis que los quiebros de un torero. Para colmo la
lista de las pequeñas y grandes corruptelas se aliña con una impudicia que da
vértigo. Así, a nuestras orondas alcaldesas no les da reparo lucir bolsos
carísimos mientras son recriminadas a gritos por parados de larga duración, ni
a ciertos politicastros salir a deambular por sus predios jaleados por aquellos
a quienes conceden prebendas, cual caciques de tres al cuarto, en lujosos
vehículos de no se sabe cuántos caballos, a ser posible de colores vistosos, no
fueran a pasar desapercibidos; hubo incluso uno que los coleccionaba, el
infeliz, sin ver en ello mayor culpa que la de ser un vulgar nouveau riche.
La trama Gürtel, que cual
mancha de aceite se extiende hasta no se sabe qué oscuros cajones; los trajes
que El Bigotes regalaba sin tregua al listillo de Camps, quien los aceptaba
gustoso; el tal Bárcenas, tesorero del PP, y sus millonarias cuentas en
paraísos fiscales; los sobresueldos en dinero negro que los altos cargos pillan
prestos sin ningún reparo; los alcaldes que se forran a base de adjudicar
contratas a empresas de familiares y amigos; las acusaciones de viajes furtivos
a Andorra con que se quiere manchar a un político catalán, hijo para más señas
de un notable, cuando esa práctica está tan extendida entre quienes tienen
cuatro duros como entre los taxistas escuchar la Cope... Variantes todas ellas
de un mismo no haber entendido que el país se construye hombro con hombro y no
sablazo a sablazo. Incluso el cambio mal dado por el tendero de la esquina provoca
en el españolito y la españolita un regusto de placer cuando se lo meten en el
bolsillo sin decir ni pío. ¡Adónde iremos a parar!
Todo demasiado similar, no
nos vamos a engañar, a aquella Marbellalandia que se montó Jesús Gil antes el
estupor de todos y con la connivencia de tantos, ladrón sin guante blanco y con
un gusto lo que se dice atroz (en especial para las camisas y la decoración de
interiores), cosa que nos permite afirmar que el choricismo, la corrupción y
sus muchas variantes son aquí fenómenos ya sistémicos, arraigados en lo más
hondo del ADN hispano. ¿Qué más decir sobre el noble arte de robar, cuando
quien no lo practica es mirado con desconfianza y tachado de tonto de remate o
de algo peor? Ahí va un pequeño repertorio.
Robar es bonito. Robar es ético. Robar está bien
visto…
No dejes para mañana lo que puedas robar hoy.
Al mal tiempo, buen botín.
Ande yo caliente, robe yo a la gente.
No se robó Zamora en una hora.
Quien mal roba, mal acaba.
El movimiento se demuestra robando.
La ocasión hace al ladrón y el ladrón hace la
ocasión.
Cree el ladrón que todos son de su condición… y no se
equivoca.
Y, por supuesto, quien robe el último robará mejor.
¡Arriba España!
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