lunes, 1 de septiembre de 2014

17. HOLLYWOOD Y LA CENSURA

Aunque pensaba inaugurar el curso hablando del sarampión de casos de corrupción política que asola nuestro país y que este verano ha alcanzado cotas altísimas, que está claro que colearán y de las que habrá pues oportunidad de hablar, he optado por dedicar estas líneas a un tema mucho más relevante. Que alguien meta la mano en el bolsillo de los ciudadanos es grave, sí, pero mucho más que se permita acabar con la vida de esos mismos ciudadanos. Aunque Ucrania aún humea, los ataques israelíes contra la población civil palestina han sido pues la noticia del verano, no porque la epidemia de ébola lo sea menos, sino porque a diferencia del ébola se podrían haber evitado.

¿Por qué será que la historia no hace más que confirmar las palabras de Chamfort? “Los azotes físicos y las calamidades de la naturaleza humana hicieron necesaria la sociedad. La sociedad se sumó a los desastres de la naturaleza. Los inconvenientes de la sociedad hicieron necesario el Gobierno y el Gobierno se sumó a los desastres”, dejó dicho el escéptico moralista. Que en pleno siglo XXI israelíes y palestinos anden aún a la greña con tan graves consecuencias no se entiende. Me dirán Uds. que hay demasiadas cosas que no se entienden: la desidia ante la conservación de planeta, que las mujeres sigan siendo consideradas objetos de consumo o que nuestro gobierno siga pensando que los recortes se traducirán en progreso. Está visto que la ceguera es un mal universal.

Reconstruir lo que han destrozado los bombardeos en la Franja de Gaza va a costar una millonada, pero mucho más caro es el precio que se ha pagado en vidas humanas: dos mil muertos y no sé cuantísimos heridos, por no hablar de las miles y miles de personas que se ha quedado sin hogar. Este panorama es ya de por sí lo bastante desolador como para tener aún que andar con pies de plomo a la hora de nombrarlo.

Sorprende pues, y sobre todo entristece, la reacción de los judíos que en la meca del cine se dedican al séptimo arte, a tenor de lo controvertidas que han resultado las declaraciones de la pareja formada por Penélope Cruz y Javier Bardem acerca del genocidio que ha tenido lugar este verano en el disputado territorio. Y sí, he dicho genocidio, con todas sus letras, que es la palabra que ellos emplearon y tanto ha disgustado. Un genocidio que incluye el ataque a unas cuantas escuelas de la ONU, donde mujeres, niños y ancianos se habían refugiado. La lenta reacción de la comunidad internacional ya nos hace sospechar que algo huele a podrido en este asunto que dura ya demasiado. ¿Para qué han servido pues los ejemplarizantes juicios de Núremberg, el juicio a Eichmann en Jerusalén que Hannah Arendt cubrió y tantos otros momentos de justicia histórica? ¿Para seguir confundiendo a los pueblos con sus gobiernos?

Durante la Segunda Guerra Mundial la amenaza nazi, obsesionada por dar caza al judío, llevó a ciudades como Berlín y París a vaciarse de talento artístico. Como pudieron, en una combinación de largas marchas, bicicletas, carros, autobuses y pesadas travesías marítimas, profesionales de todas las disciplinas artísticas desembarcaron en las costas americanas. Por su parte, un modesto periodista literario norteamericano, el treintañero Varian Fry, llegó a Marsella en 1940 con una larga lista de nombres y 3.000 dólares atados al cuerpo. Lo cuenta Alan Riding en Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis (Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores).

Dispuesto a sacar de la peligrosa Francia ocupada a cuantos artistas e intelectuales pudiera, Fry logró visados para salvar a unas 2.000 personas multiplicando por diez la lista que le fue encomendada. Y aunque la huida de Walter Benjamin le saliera mal, si salvó a otros como al mismísimo Chagall. 2.000 hombres y mujeres puestos a salvo, y ahora 2.000 mascarados por un ejército cruel. Me pregunto qué hubiera sido por ejemplo de la escritora Irène Némirovsky si el lugar de subirse a un tren en dirección Auchwitz se hubiera topado con el intrépido Fry. Y me respondo que es probable que hubiera acabado adaptando sus novelas para Hollywood.

Muchos judíos recalaron en las producciones hollywodienses y sus descendientes ocupan hoy en un elevado porcentaje platós, productoras y distribuidoras.Y aunque desde los años 40 mucho ha llovido, no es precisamente el fundamentalismo ciego el que debiera mover a esos profesionales que en su pasado familiar poseen la clave de cómo no convertir este mundo en un lugar más hostil. Por no hablar de que parecen no recordar tampoco la caza de brujas de McCarthy, que debiera haberles blindado de cualquier atisbo de sentimiento censor.

Que hoy no podamos tildar de genocidio lo que claramente lo es, nos retrotrae a los tiempos en que en los teatros parisinos se prohibió trabajar a los judíos. Sería bueno que los herederos de esos judíos, norteamericanos de nacimiento, fueran los primeros en condenar actos de barbarie, provengan de donde provengan. Que esto no suceda, sino todo lo contrario, no deja de ser la prueba de que no hemos ganado mucho en civilización desde esa irracional contienda que costó millones de víctimas y desplazó a millones de personas. Y es una gran lástima.

A todo esto admito que a mí los Spilberg y compañía me traen sin cuidado, y que no aspiro a que lleven mis modestas historias al cine, sobre todo teniendo en cuenta el poco interés que tiene Hollywood por las mujeres creadoras. Como recordamos en el Informe que desde el Observatorio Cultural de Género hemos dedicado en el 2014 al cine (“Directoras, productoras y guionistas en el cine catalán reciente”), hasta la 82ª edición de los Oscar no se concedió el premio a la mejor dirección a una mujer, en este caso a Kathryn Bigelow y por una película bélica, no por un drama o una comedia intimista de esas que se supone corresponden a las sensibles damiselas que al parecer somos todas.

domingo, 1 de junio de 2014

16. RESETÉATE

Decimos que vida sólo hay una y es cierto, pero no hace falta tomárselo al pie de la letra. Por suerte, dentro de una vida caben muchas vidas y está bien aplicarse de vez en cuando ese cuento para dar un giro a la nuestra.

Muchos son/somos los que de jovencitos practicamos los mil oficios; yo misma he trabajado como mensajera, como dependienta o incluso vendiendo enciclopedias. Por poner un par de casos célebres, Sylvester Stallone limpiaba la jaula de los leones en un zoológico y Madonna se hartó de decir dos con queso, dos de patatas y dos cocas light siendo cajera en un Burger King. La juventud no deja de ser una etapa en la que recorrer caminos bien dispares para llegar finalmente a la puerta del lugar donde quieres entrar, ¿no es cierto?

Aunque menos son aquellos que se preparan para un oficio, lo practican un tiempo y, al cabo, deciden que no están hechos exactamente para él, cambiándolo por nuevos derroteros. Es el caso por ejemplo del mismísimo Brad Pitt, que en sus comienzos no estudió interpretación como imaginaríamos sino que se licenció en periodismo, o de nuestro querido Wyoming, que en realidad es médico y como tal ejerció, al igual que lo hizo durante toda su vida el que ha quedado como el maestro del cuento, Anton Chejov.

Muchos son también los prestigiosos artistas que en un principio no se prepararon exactamente para lo que luego devinieron. Aunque pocos lo sepan, el poeta Antonio Machado tuvo una incipiente carrera como actor, la elegantísima actriz Katharine Hepburn estudió filosofía y la provocadora artista plástica Louise Bourgeois matemáticas en la Sorbona. Y como de todos es sabido, Cornad era marino y hasta Paul Auster trabajó un tiempo embarcado en un petrolero. Por no hablar de la caterva de abogados que han acabado dedicándose a esta variante de la mecanografía que es la literatura, desde Goethe hasta el hacedor de best sellers John Grisham. Claro que uno de los casos más bonitos de cambio de oficio quizás sea el de mi queridísima Agatha Christie, que quiso con todas sus fuerzas llegar a ser cantante de ópera y no escritora, aunque acabara siendo una de las autoras más vendidas del mundo.

Estos momentos de cambio de paradigma, en los que la crisis económica -¿sólo económica?- empuja a muchos a replantearse sus vidas, quizás tengan pues algo de positivo a pesar de todo: quizás sirvan de cambio de agujas y animen a unos cuantos –a ser posible a aquellos que lo necesitan- a tomar un nuevo rumbo. A decir verdad, esta nueva era que combina lo analógico y lo digital y que, como afirma Roger Chartier, nos empuja a llevar a cuestas un “yo diseminado”, parece especialmente propicia para cambiar de andén, tras buscar y rebuscar en esa reunión desordenada de yoes que pugnan por convivir en nuestro interior.

¿Eres contable y en realidad te gusta la jardinería? ¿Adoras el deporte y, sin embargo, te dedicas al noble arte de repartir libros en una biblioteca? ¿O acaso ejerces como locutor deportivo y sueñas con conducir un camión por desiertas autopistas? ¿Darías lo que fuera por aguzar el ingenio como animador en un crucero y, en cambio, te dio por estudiar ingeniería informática y te pudres delante de una pantalla como esta donde esto escribo?

Y es que:

Es probable que lleves una vida que no te guste y no lo sepas.

Es probable que tu trabajo no sea exactamente lo que querías para ti.

Es probable que el lugar donde vives no sea ni de lejos el lugar que soñabas.

Es probable que en realidad no te guste la gente que te rodea.

Es probable que ya no estés enamorado/a de tu pareja.

E incluso es probable que no seas como crees que tendrías que ser.

Desde ya te digo que no vas a poder cambiar muchas cosas (tus familiares, tu estructura ósea, el tono de tu voz, el número que calzas…), pero casi todo lo demás sí depende exclusivamente de ti. O sea que resetéate: detente, mira a tu alrededor y decide si es esto lo que realmente quieres. Y si no es esto, cámbialo. ¿A qué esperas?

jueves, 1 de mayo de 2014

15. GABO SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Tras una larga convivencia con el Alzheimer y con el cáncer murió García Márquez, escritor universal y leidísimo, Premio Nobel de Literatura, y como era de esperar los medios de comunicación se aprestaron a dar la noticia y a glosar sus virtudes literarias como si se tratara del mismísimo Cervantes dos veces fenecido. ¡Pero qué caray! -me digo-, ¡el susodicho se merecía decirle adiós a bombo y platillo! En estos tiempos materialistas hasta la excrecencia, en mitad de este fragor de sables estúpidos, donde sólo el poderoso don dinero marca el ritmo, recordar a un escritor aunque sea para enterrarlo con mayor boato, no deja de ser anuncio de esperanza.

Es seguro que los lectores de a pie, poco avezados en el cultivo de la mirada crítica, ojearon ese día sus periódicos habituales sin apercibirse de nada extraño. Leyeron: “el legado inmortal de García Márquez”, “uno de los escritores más influyentes del siglo XX”, “el reportero de la magia”, “el autor de la más importante novela del boom latinoamericano”… Y lectores inocentes, con esos elogiosos tributos rondándoles la cabeza, se fueron a dormir. Quiero pensar que algunos de ellos incluso desempolvaron de sus estantes un libro del colombiano por el que antaño sintieron especial querencia y se dispusieron a releerlo a modo de homenaje. Pero ay, almas de cántaro, aunque ellos no lo supieran los diarios, salvo error u omisión, ocultaban algo que no pocos sí vieron y algunos, sobre todo algunas, no han dudado en comentarme desde la estupefacción.
Al parecer, a García Márquez sólo lo habían leído ellos. Desde que en 1955 el insigne colombiano publicara La hojarasca, sólo ellos habían tenido el placer de refocilarse negro sobre blanco en sus magistrales creaciones. Durante décadas, generaciones y generaciones de jóvenes muchachos, maduros varones de pelo en pecho y provectos caballeros se deleitaron en sus relatos y novelas de una punta y otra del planeta. Ellas jamás, nunca, bajo ningún pretexto. Las lectoras jóvenes, maduras y provectas, que a decir de las estadísticas hace ya largo tiempo constituyen la mayoría lectora, permanecieron inmunes al gabismo. Lo leyeron todo, sí, a Rulfo, a Onetti, a Mutis, a Fuentes, a Cortázar… e incluso a Vargas Llosa; a todos y a todas menos a García Márquez. No sabemos cómo, lectoras voraces, medias u ocasionales, todas ellas supieron sustraerse a su atracción mágica y resistieron incólumes los embates de su prosa arborescente.

Jamás ni una sola de ellas, por muy lectora que fuera, insisto, osó profanar las páginas de La mala hora, Cien años de soledad, Relato de un náufrago, El otoño del patriarca, Memoria de mis putas tristes… Ni siquiera se acercaron tímidas a sus Doce cuentos peregrinos. Ninguna de ellas, aunque en su conjunto sumen decenas de millones y millones en una lengua y otra, tiene pues ni la más remota idea de quiénes fueron Aureliano Buendía, la Mamá Grande, Santiago Nasar, Sierva María de Todos los Ángeles o Melquíades; ni tampoco les suenan para nada los nombres de Úrsula Iguarán, Nena Daconte o Fermina Daza. Geniales personajes estos, en gran parte femeninos, que jamás tuvieron el gusto de conocer. Y por supuesto ninguna de ellas ha oído hablar jamás de Macondo, que muchas suponen una marca de ropa o un restaurante de moda.
De ahí que a la hora de decirle adiós al inmenso Gabo desde las páginas culturales de los periódicos de un signo u otro, de un alcance u otro, permanecieran mudas: ¿qué tenían que decir ellas, lectoras avezadas, colegas escritoras, críticas literarias, profesoras de literatura hispanoamericana o especialistas en el boom latinoamericano si jamás ninguna de ellas hojeó un ejemplar, siquiera de bolsillo, de alguna de sus obras magistrales?

De ahí, en consecuencia, que estuviera más que justificado que en pleno siglo XXI, cuando ese aluvión de artículos apresurados (y por lo general dudosamente bien escritos) llegaron a imprenta, no hubiera casi ninguno firmado con nombre de mujer y, por el contrario, todos vinieran rubricados por un Juan (Cruz), un Félix (de Azúa), un Xavi (Ayén), un Winston (Manrique Sabogal), un Jordi (Gracia), un José Miguel (Oviedo), un Javier (Rodríguez Marcos), un Arturo (San Agustín), un Lorenzo (Silva), un Antonio (Lucas) y así hasta completar el santoral. Confieso que en un diario de alcance nacional se escapó uno firmado por Ángeles Mastretta, escritora y amiga del finado: un error, sin duda, de algún jefe de sección despistado que poco antes del cierro agotó los teléfonos de los colegas de universidad, gimnasio o mismamente bar de la esquina.

14. ELOGIO DEL PRESCRIPTOR

¡Ay, Internet, ese invento del diablo! Quieren hacernos creer que sin estar permanentemente conectado a la Red no se puede vivir, cuando en realidad lo que sucede es que quienes nos servimos de Internet (que somos ya los más, ya sea por trabajo, por ocio o por ambas cosas) ya no somos los mismos que antes no usábamos Internet, sino otros. De ahí que, siendo estos otros que ahora somos, quizás sí que sea cierto que sin Internet no sabemos vivir.

Los europeos llevaron al Nuevo Mundo enfermedades allí desconocidas, como la viruela, y en el Nuevo Mundo descubrieron productos cuya existencia ignoraban como la patata, el tomate o el cacao, que se apresuraron a importar desde sus países de origen. A Internet llevamos nosotros nuestras extraviadas curiosidades, nuestra necesidad de estar informado y nuestras ansias de comunicación. E Internet, además de una inédita gimnasia para las yemas de los dedos y una buena paliza para las pupilas, nos devuelve ahora una nueva manera de comunicarnos, una nueva manera de informarnos y una nueva manera de saciar nuestra curiosidad.

Al igual que el uso de vehículos de transporte debilita las pantorrillas y no ayuda precisamente a reforzar esa parte tan preciada de la anatomía que son las posaderas, incorporar Internet a nuestras vidas ha transformado nuestros hábitos, incluida nuestra capacidad de concentración. Allí donde antes aguantábamos películas de tres horas sin pestañear, ahora a los diez minutos ansiamos zapear, cerrar una pantalla para abrir otra, cambiar de paisaje. Y del mismo modo, allí donde antes no escuchábamos los mensajes del contestador automático hasta llegar a casa, sin mostrar por ello la mínima traza de desasosiego, ahora nos lanzamos cada cinco segundos a consultar el correo electrónico, aunque sea para comprobar cuál es la última estúpida publicidad indeseada que ha aterrizado en la bandeja de spam.
Internet nos ha convertido claramente en otros: somos más impacientes y, a consecuencia de ello, devoramos también la información a una velocidad antes impensada. De leer artículos de fondo mientras saboreábamos un café y un croissant, hemos pasado a saltar de un titular a otro como si fuéramos una agencia de comunicación a cuyas terminales llega cuanta noticia valga la pena vocear. Difícilmente retendremos apenas un 1% de todo ese aluvión informativo, ni nos servirá para nada saber el tiempo que hace en Australia o conocer en directo las fluctuaciones de la Bolsa de Japón. Y aunque tendremos la sensación de estar al día de todo, ese saber no se traducirá en nuestra conversación más que en forma de nimias aproximaciones que ni siquiera podremos denominar periodísticas, pues en muchas ocasiones se reducirán a lo leído en el blog de una amiga (que jamás tuvo mucho que decir) o en el Facebook de un cuñado (al que el paro deja demasiado tiempo libre, lamentablemente para todos).

Con este panorama, ¿dónde está el espacio para el prescriptor, la prescriptora, los prescriptores, que antaño servían para orientarnos en la selva del saber? Esos seres que dedicaron sus esfuerzos a formarse en especialidades como el arte, la literatura, el cine o cualquier otro campo para poder guiarnos por frondosas arborescencias, donde tan fácil resulta extraviarse, ¿qué papel juegan en este nuevo horizonte donde todos opinan y donde parece que sirve toda opinión? Críticos literarios, como quien esto escribe, acostumbrados a recomendar lecturas; críticos teatrales dedicados a diseccionar puestas en escena; críticos de arte que nos ayudan a circular por las exposiciones que nuestra ciudad nos brinda… ¿tienen sitio ahí donde cualquiera puede arrogarse el papel de prescriptor como quien viste el día de carnaval una bata blanca de doctor?
Teniendo como misión principal formar el gusto y, como daño colateral influir sobre las elecciones del público, el prescriptor desgrana las virtudes o los defectos de un producto, cultural o no, buscando convertirlo en prescindible o imprescindible. Suerte de perro lazarillo, nos orienta con su olfato por el mejor camino, tratando de alejarnos de las pérdidas de tiempo, de las decepciones y de los flagrantes engaños.

Libros, películas, exposiciones, incluso dietas calóricas, son en sus manos maleables objetos de deseo a los que saca su mejor jugo. Ahí donde un profano se limita a leer la contraportada de una novedad narrativa para decantarse o no por la compra, el prescriptor o la prescriptora desbroza hábilmente el contenido de la misma, la sitúa en su contexto, la pone en relación con las novelas que la precedieron y nos la brinda envuelta en papel de celofán, lista para ser degustada. Su misión es haber leído centenares de novelas para saber si esta vale la pena o mejor nos gastamos el dinero en un clásico, que como el whisky de malta nunca engaña.
En plena explosión internáutica, en plena democratización de la figura del prescriptor, donde cualquiera se arroga sin cualificación alguna este papel, ¿tienen sentido aún los prescriptores profesionales? Diría que sí, que son más necesarios que nunca y que allí donde la riqueza de voces es sin duda un sano ejercicio de amateurismo y un excelente campo de entrenamiento para el futuro experto, cada día que pasa urge más rehabilitar la figura del prescriptor.

viernes, 28 de febrero de 2014

13. SÍ AL DIÁLOGO

Los parlanchines somos un peligro para las reuniones sociales, pero también un alivio para los largos silencios. Si no padecemos el mal de la verborrea, sino el gusto por la buena charla, somos capaces de animar cualquier reunión o de sacarle punta a cualquier situación anodina, incluidos los ascensores (esos lugares donde la meteorología alcanza rango filosófico). Desconfía de las personas demasiado silenciosas, me digo a veces, porque por una que calla por mera prudencia, hay mil que no tienen absolutamente nada que decir.

Me hallaba el otro día en una cena la mar de animada, en la que la mayoría de los comensales eran tertulianos de programas de radio y televisión, y tal era el guirigay (en el buen sentido de la palabra), que la señora de la casa –también tertuliana ella- acabó diciendo que parecía que estuviéramos en antena intentando arreglar el país. Aunque la nuestra era una charla muy constructiva, en la que gracias al buen rollo y a las bondades del bendito alcohol (que en dosis adecuadas es un invento genial), personas de ideologías muy distintas pasaban una velada estupenda sin miedo acabar con un ojo a la virulé, cierto es que a día de hoy en los debates que vemos en los medios de comunicación hay más ruido que intercambio de impresiones.

Se diría que la total falta de diálogo preside el panorama actual, e incluyo aquí el mismísimo Congreso de los Diputados, donde hace años que se vive una acritud y una falta de voluntad constructiva que merecería un análisis en profundidad. En lo que respecta a los medios de comunicación, está visto que frente a la voluntad de eso, de diálogo, prima el encono, cosa que en nada beneficia al oyente o espectador, quien pacientemente aguarda, en su casa, a que la sana costumbre de la charla amable (que sobrevive aún en los bares y en los bancos de las plazas) vuelva a ponerse de moda. Siendo como son los media vehículos para la educación de la ciudadanía, cabría pensar que hoy a esta se la entrena en la absoluta falta de cortesía, lo que dice muy poco de la calidad de los media y menos aún de sus aspiraciones, que debieran ser exclusivamente legítimas, y entre las cuales jamás debiera contarse el prurito aborregador.

Y es por ello, visto el naufragio en que deviene la batalla campal dialéctica de que somos testigos a diestro y siniestro, que o volvemos a las costumbres del ágora griega o animamos a bajar aún más el precio de los gintónics en el bar del Congreso de los Diputados (en realidad de los diputados y las diputadas; el sexismo en el lenguaje, ya saben), al tiempo que enviamos unos cuantos sacos de boxeo a emisoras de radio y televisión para que sus contertulios descarguen la ira antes de empezar a opinar. Y es que, al contrario de lo que abunda, en una charla con personas que no piensan como tú, siempre debiera suceder aquello que formulaba Gadamer: “ Lo que hace que algo sea una conversación no es el hecho de habernos enseñado algo nuevo, sino que hayamos encontrado en el otro algo que no habíamos encontrado aún en nuestra experiencia del mundo”.

Desde los diálogos platónicos (diálogos en los que Sócrates suele ser el interlocutor), el afán verbal y comunicador de la Humanidad ha pasado por fases bien distintas, incluidas unas cuantas guerras civiles. Dejando de lado por su carga religiosa la filosofía del diálogo impulsada por el austríaco Ferdinand Ebne y seguida por Martin Buber; y también soslayando la dialéctica de Hegel, que abogaba por un pensamiento donde tenían cabida las contradicciones y que al citado Gadamer le parecía “una fuente de constante irritación”; y sin entrar en la dialéctica marxista, no tendría que ser mucho pedir que en una sociedad democrática fuéramos todos capaces de poner en común pensamientos dispares con espíritu constructivo, o lo que es lo mismo, con la voluntad de que la dialéctica recuperara su sentido original, dado que procede del griego dialectiké (arte de la conversación).

Arte de la conversación que no sólo debiera referirse a tratar al otro con la debida consideración, ni a respetar escrupulosamente los turnos de palabra, aunque ambas cosas no estén de más, sino a aceptar la disparidad de criterios desde la tolerancia y no desde la crispación. Porque se diría que somos pocos los que tenemos la costumbre de no ofendernos cuando nuestro contertulio o contertulia piensa exactamente lo contrario de lo que nosotros pensamos, y estamos encantados de que sea capaz de contarnos por qué piensa lo que piensa y, caso de no justificar ningún crimen de lesa humanidad, podemos seguir sentados tranquilamente a la misma mesa sin dar muestras de visible incomodidad. Ojalá aquí y ahora fueran muchos los que creyeran en el valor del diálogo di per se , como vehículo de entendimiento. ¡Con lo divertido que resulta bromear con alguien que piensa exactamente lo contrario que tú!

A hora que se cumple el 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado, no está de más recordar unos versos suyos que dicen: “Para dialogar, preguntad primero; después…, escuchad”. “¡Viajar! ¡Perder países! / ¡Ser otro constantemente, / por el alma no tener raíces / y vivir viendo, solamente!”, decía Pessoa. Dialogar, perder prejuicios…

sábado, 1 de febrero de 2014

12. FUGA DE TALENTOS Y OTRAS FUGAS

Este año hace un siglo que estalló la Primera Guerra Mundial, hace justo tres siglos que Barcelona fue ocupada por las tropas de Felipe V en la fase final de la Guerra de Sucesión (como no se cansa de repetirnos a diestro y siniestro el gobierno catalán) y es también el 75º aniversario de la entrada de las tropas franquistas en la ciudad de Barcelona, ocupación con la que definitivamente el legítimo gobierno republicano perdió la guerra. ¡Quién iba a decir que el 2014 iba a dar para tanto!

Sin contar a los muchos que empezaron a marcharse del país al estallar la Guerra Civil, en el 36, o que lo hicieron durante la contienda, con el final de la misma y la imposición del franquismo la cifra de exiliados se incrementó de un modo más que sustancial. Así, en los primeros meses de 1939 abandonaron España no por gusto, con lo puesto y dejando atrás familias escindidas, se calcula que medio millón de ciudadanos y ciudadanas.
Esa huida masiva duró pues tres años que se hicieron eternos, en los que hombres y mujeres sin más culpa que querer vivir en paz y en libertad se lanzaron a un camino de desgarro e incertidumbre. Entre ellos hubo también un montón de intelectuales, destinados a instalarse en las vecinas Francia e Italia, o bien en los lejanos México, Chile, Argentina o Estados Unidos. “Qué sabios eran los griegos; no te mataban, te exiliaban”, decía la gran actriz catalana Margarita Xirgu, que aún deseándolo jamás volvió de su exilio hispanoamericano.

Ahora que se calcula que desde 2008 han abandonado el país unas 700.000 personas censadas, quizás valga la pena detenerse en los que ahora se marchan sin quererse marchar, como hicieron aquellos españoles en su mayor parte cruzando la frontera francesa, es decir los Pirineos, a veces en lo más crudo del crudo invierno. De esos 700.000, se calcula que 300.000 son jóvenes, y una parte sustancial de ellos jóvenes universitarios en busca de su primer empleo.

Respecto a aquellos que llevan bajo el brazo mejores calificaciones y mejor preparación, y que ya habían aquí demostrado con creces su valía en campos tan dispares como necesarios para el desarrollo de un país, se habla de “fuga de talentos o de cerebros”: gentes altamente calificadas formadas aquí que, por falta de oportunidades, se marchan allá, generando en consecuencia una pérdida notable de capital social.
Talentosos científicos, talentosos diseñadores, arquitectos, artistas… y también talentosos estudiantes hartos de enviar su currículum a centenares de destinatarios sin que nadie se digne siquiera a contestarles un triste “Gracias por ponerse en contacto con nosotros. Entraremos sus datos en nuestra base… de datos”. Y hartos también, en muchos casos, de trabajar de becarios en condiciones precarias y con una expectativas laborales inversamente proporcionales a sus aptitudes.

Jóvenes con cinco idiomas que se van a hacer de pizzeros a donde sea. O bien investigadores brillantes (expertos en células madre, en nanotecnología, en biocomputación, en astrobiología o mismamente en energías renovables, que tanta falta nos hacen) que han visto cómo se cerraba el grifo de sus respectivos proyectos y que no han tenido más remedio que hacer las maletas, que ahora ya no son de cartón sino que empujan las ruedas y refulgen en las cintas de los aeropuertos. En Harvard, en Berkeley y en otros sitios semejantes recogerán los frutos de esos ninis de la ciencia cuyas trayectorias en España quedaron suspendidas en el limbo.

El panorama aquí es desolador y nadie parece entender que sin invertir en educación y en investigación nuestra suerte está echada… directamente al cesto de los perdedores. Ni siquiera ha servido para garantizar la continuidad del CSIC que este verano se entregaran al gobierno más de 200.000 firmas en su defensa. Se entregaron por cierto en un ministerio que se llama Ministerio de Economía y Competitividad, cuando de economía parece saber bien poco y, en cuanto a competitividad, tan sólo competirá en expulsar a más gente que Grecia o Portugal.

Al igual que a un montón de científicos repartidos por el mundo ostentando su acento patrio (el nuestro), al ritmo a que va el sector cultural ya me veo a futuros escritores nacidos en Albacete, Igualada o Alcorcón aupándose sobre otras lenguas que no son la suya para hacerse un hueco en el sector editorial del país en el que les haya tocado aterrizar. O a cineastas queriendo contar con actores daneses las delicias de la vida andaluza o las consecuencias de la tramontana. Así las cosas, para permanecer cuanto menos juntos en la desgracia, algunos estudiantes repartidos ya por muchos países han inventado la “Marea granate” (en alusión al color del pasaporte). Ya se sabe que las penas saben mejor en compañía.

Siempre con su corrosivo humor a cuestas (me niego a hablar de cinismo, no vaya a ser que me inhabiliten como a Garzón o como al juez Elpidio, que está al caer), el gobierno actual emplea la bonita expresión “movilidad exterior” –son palabras de la mismísima ministra de empleo, Fátima Báñez-, cosa que como es lógico enciende los ánimos de quieres preferirían no irse a ninguna parte y quedarse tranquilamente en sus casas. Por ende, la citada ministra se ha aficionado a repetir que conseguirá que los nuevos emigrantes vuelvan en un plazo razonable. Está visto que quiere que sean una generación perdida de ida y vuelta, aunque tal como está al patio acaso vuelvan para morir en su tierra, tras remontar como los salmones muy dificultosamente las aguas que con tanta facilidad los llevaron al mar.

Nuestros actuales gobernantes son unos pésimos gestores, cierto, pero no son tontos: está visto que ansían que el talento que ha huido con la crisis algún día no muy lejano regrese; pero no para compartirlo con la familia o para enriquecernos con lo que aprendieron fuera, sino tan sólo para rentabilizar este aprendizaje cotizando a la Seguridad Social, que es para lo que estaba destinado el dinero público que se gastó en ellos cuando aún se les consideraba mano de obra española. Nadie habla de que vayan a volver para perderse de nuevo en los pasillos de la falta de I+D o en el nulo interés por cualquier manifestación cultural, pues al parecer nuestro país dentro de unos años será, por arte de birlibirloque, distinto.

¿Sólo huye el talento en busca de mejores predios? De ningún modo, pues en los últimos años está bajando de un modo sustancial el padrón neto de extranjeros (INE), en especial con el regreso a sus países de origen de ecuatorianos, bolivianos, colombianos y rumanos, que mayormente realizaban aquí tareas en la construcción, la limpieza o la asistencia a niños, enfermos o ancianos. De perpetuarse esa tendencia, en nuestro país la emigración acabará superando a la inmigración en términos absolutos y España, que ha sido un país de inmigrantes, pasará a ser un país de emigrantes, como lo fue en los años 60 con los muchos trabajadores que se fueron a Suiza o a Alemania, como tan bien cuenta Carlos Iglesias en la película Un franco, 14 pesetas.

Esa mano de obra poco talentosa o poco preparada, y sin embargo tan necesaria para el equilibrio social, se marcha también porque aquí no llega a fin de mes: regresan a países de los que se fueron por obligación y que ahora les resultan mucho más acogedores que el nuestro. Está claro que hablamos de emigrantes y no de exiliados, como los hubo con la Guerra Civil. La pregunta es: ¿qué diferencia hoy a un exiliado de un emigrante si es el gobierno con su mala gestión el que se empeña en no generar el humus que un día les permitiría volver? Allí donde el franquismo se aferraba a sus leyes carpetovetónicas y a su espíritu de venganza, aquí el gobierno se aferra a su categórica falta de imaginación y de espíritu dialogante para sacarnos del hoyo.

Me viene a la memoria la seria crisis agraria que empujó en España, a mediados de la Primera Guerra Mundial, a una oleada migratoria sobre todo con destino Francia que diezmó considerablemente la población activa. Y la zoquetería del gobierno me hace pensar en lo que sucedió en la primavera de 1918, cuando el gobierno liberal en el poder anunció que a partir de entonces el pan de kilo pesaría 800 gramos: ¡toda una acrobacia! Dando gato por liebre, las consecuencias no podían no ser, tal como fueron, nefastas. No quiero ni pensar en la posibilidad de que el actual gobierno se esté sirviendo de la misma calculadora con la que le daba a la tecla el ínclito Romanones, aunque demasiadas pistas nos dicen que es posible que así sea.

miércoles, 1 de enero de 2014

11. ILEGALIZAR A LAS MUJERES

Discúlpenme el trabalenguas que viene a continuación: en los tiempos que corren, más cerca debiera estar una mujer progresista (de izquierdas) de una mujer conservadora (de derechas) que un hombre de izquierdas de una mujer de izquierdas y una mujer de derechas de un hombre de derechas. Bastaría para ello con abrir los ojos y no creer lo que torticeramente nos cuentan, no acatar las engañosas cifras patrias que nos venden y sacar las cuentas con la calculadora propia, la que no engaña: ninguna mujer presidenta del gobierno (aún), escasísimas en los puestos de poder, muchas cobrando menos en cargos idénticos a los de ellos, demasiadas forzadamente en el paro por su mera marca de género y obligadas las más a no progresar a causa de la incapacidad de sus compañeros de asumir las cargas y obligaciones familiares… Por no hablar del desprecio a la condición femenina y, cómo no, de la nueva ley del aborto.

Dicho esto, si una mujer conservadora se siente lejos de una mujer progresista, y viceversa, es sólo por costumbre aprendida, por pura inercia. Acostumbrados a despreciar a los sociatas y demás ralea, quienes votan al PP aún no entienden que estos ya no vistan zamarras y chaquetas de pana, y acostumbrados a escupir sobre los peperos carcones y sus afines, los sociatas y compañía no entienden que se divorcien, paran hijos de padre desconocido o se hagan de la acera de enfrente. Ya se sabe que nada más fácil que permanecer anclado en esquemas prefijados y ya se sabe que evolucionar cansa. Pero tanto las mujeres de un lado como las de otro son las que usa la publicidad como objetos de consumo, las maltratadas por sus novios o maridos y las que ven conculcado a diario su derecho a ser igual que ellos en todo, menos en las particularidades derivadas de su sexo: posibilidades, oportunidades e incluso aplausos. Porque la igualdad de género aún no existe, ni está a la vuelta de la esquina.

Una se pregunta entonces por qué las mujeres no hacen un frente común, como hicieron las “Lisístratas” de Aristófanes cuando decidieron acabar con la afición belicosa de sus maridos a base de huelga de sexo. Que esta pregunta vaya a permanecer en el ámbito de la retórica por los siglos de los siglos, ya es una mala señal. No se entiende que ese frente común no exista (y que sea aún tan amargo el desprecio por el feminismo, que es lo más parecido a ese inexistente frente). Igual que no se entiende que alguien en su sano juicio crea aún que el calentamiento del planeta no es problema acuciante o que el hambre en el mundo no es más que el resultado de la pésima gestión de los recursos globales (así como de un porcentaje nada insignificante de ignominiosos intereses).

Mujeres, seres abnegados por naturaleza y en la abnegación forjadas por el peso de la Historia, que se ha cernido sobre ellas como una losa. Demasiado fehacientes son, sin embargo, a día de hoy las pruebas de la desigualdad como para no verlas: ¿cuántos hombres mueren a manos de sus parejas féminas?, ¿cuántos hombres se sacrifican para que sus mujeres lleguen a lo más alto en sus profesiones?, ¿cuántos se consagran al cuidado de los hijos?, ¿cuántos al cuidado de sus padres ancianos?, ¿y de sus parientes minusválidos o enfermos?, ¿a cuántos les preocupa la conciliación laboral-familiar?, ¿cuántos se sirven del permiso de paternidad?

Apremiadas por una Historia que les ha sido adversa, las mujeres han duplicado y triplicado sus capacidades para llegar a todo (trabajo, casa, descendencia…), pero no por gusto sino porque no han tenido más remedio. La Sección Femenina de la Falange Española las obligaba a hacer el Servicio Social, donde además de propugnar una feminidad entendida como sumisión, se enseñaba a las jóvenes a ser buenas madres y buenas esposas (“Gracias a la Sección Femenina las mujeres van a ser más limpias”, rezaban sus objetivos). Después el progreso las forzó a convertirse en super heroínas, pues amén de hacer esas dos cosas, y por supuesto de ser limpias, las ha obligado a ir maquilladas como puertas y a parecer ejecutivas agresivas aunque trabajen como esteticienes.

Esas mujeres esforzadas (que parecían haberse caído todas en la marmita de Obélix) han llegado pues al siglo XXI derrengadas de tanto ser hijas ejemplares, madres ejemplares, abuelas ejemplares y “wonderwomen” explosivas. Mientras ellos se conformaban con ser hijos mediocres, padres mediocres y, en muchos casos, con irse de putas, demostrando el respecto que le tienen a la mujer, incluidas sus madres, sus hermanas y sus hijas. Y va y cuando ya se auguraba un mundo mejor para esas mujeres de rompe y rasga, va el PP y mira como se lo paga: empieza tratando de conculcar el derecho al aborto, que tanto había costado conseguir, y no sólo las obliga a irse otra vez a Londres (¿sabían que décadas atrás las españolas eran las que más abortaban ahí?), sino a desangrarse en las mesas de los matasanos si no les llega la cuenta corriente para pagarse una clínica privada. ¡Valiente regalo!

Muchas de ellas creyeron en quienes conducían el país, creyeron en quienes estaban encargados de hacer su vida más fácil, creyeron que ya podían respirar tranquilas y se equivocaron. Los encargados de velar por ellas se reunieron y un día decidieron devolverlas al fango, del que está claro que piensan que no debieran haber salido nunca. Alegando que fetos de dos semanas casi sonríen y haciéndose eco del alto índice de embarazos indeseados entre adolescentes como si no fueran con ellos (como si no obedecieran a la pésima educación que el país imparte, sino a alguna suerte de contubernio libertino), va y comienza el acoso y derribo de la mujer, de las mujeres, como si los legisladores no tuvieran abuelas, madres, hermanas, hijas, es decir, desde el más irreverente de los desprecios y de los olvidos.

Cercenan la libertad de sus propias mujeres porque jamás les interesaron lo más mínimo, porque ningún partido conservador creyó jamás en ellas, porque no es sino progresista el partido que cree en la igualdad de los sexos (en la igualdad de derechos, claro). Mujeres que se dejaron la piel fregando escaleras, mujeres que estudiaban de noche mientras amamantaban a sus hijos, mujeres que atendían a los enfermos en lugar de ir al cine, mujeres que freían tortillas, tendían la ropa, planchaban largas horas, repasaban deberes infantiles, acompañaban a quien hiciera falta a donde hiciera falta… Qué caray, mujeres que aún hacen eso y mucho más, hoy asisten al declive del respeto que su condición de mujeres merece.

Les tocaba ya descansar de todos los abusos, de todos los atropellos, de todas las injusticias y hoy, a caballo entre el 2013 y el 2014, un grupúsculo de gobernantes prepotentes y descabellados, desde la irresponsabilidad mayúscula que implica situar a un país al borde la involución, aspiran no a ilegalizar el aborto sino a ilegalizar a las mujeres. Porque, ¿cómo puede garantizarse la educación de la mujer y su progreso en el ámbito vital y profesional si se conculca su legítimo derecho a decidir sobre su propia maternidad? Las condenan a volver al tutelaje masculino que siempre ha sido, y será, el gran lema del conservadurismo: “La mujer, con la pata quebrada y en casa”, que dijo Fray Luis.

Me pregunto si saben los diputados y las diputadas del PP que impulsan esa ley vergonzante que no es una ley más, sino que implica el retroceso inmediato en el camino hacia la igualdad que el país, lentamente pero sin tregua, inició en la Transición. Y me pregunto si serán juzgados por ello cuando llegue el momento. Y no pudiéndolo evitar invito a todas las mujeres a hacer huelga de brazos caídos. Entonces tal vez los señores que impulsan esas indigna ley (resulta difícil pensar en ninguna mujer capaz de impulsarla), entiendan que sin mujeres y sin su abnegada devoción de servicio no hay progreso y no hay futuro. Merecían otro pago esos millones de mujeres sacrificadas sobre las que descansa lo poco o mucho que merecemos salvar en este país.

lunes, 2 de diciembre de 2013

10. ADOLESCENCIA Y VIOLENCIA MACHISTA

Mientras suceden cosas tan absurdas y trogloditas como que un numeroso grupo de intelectuales franceses (¡tipos leídos!) se lance a defender el consumo de prostitución, haciendo gala de una falta de empatía colosal para con aquellas mujeres que la ejercen no por gusto sino por no tener otro modo de vida (que son las más), resulta que las adolescentes voluntariamente se maquean, se visten, se peinan y lo que haga falta para parecer eso, putas, mientras ellos, los adolescentes, se asemejan cada vez más a vulgares chulitos de discoteca. Supongo que cada tiempo histórico tiene su retrato y que mientras en los 80 la rebeldía era la imagen de la juventud, ahora lo es el desconcierto.

En esta tesitura, donde tan culpable es la publicidad sexista como otros condicionantes y estímulos de los que nuestra sociedad se nutre, la apariencia de esos chicos y chicas que siguen la estela de sus ídolos juveniles, no se revela una inocua manifestación de la moda, sino que oculta un trasfondo altamente preocupante: el de la perpetuación de los roles de dominación y sumisión. Ellos, machos dominantes, están ansiosos por ejercer su poder sobre las hembras sumisas, tiernas jóvenes vestidas con ropas ciertamente incómodas: cuñas altísimas, ropa super apretada, la larga melena que se come la semanada en suavizante y maquillaje a mansalva (por mucho que Sephora insista en la práctica del descuento). Patrones de conducta que se multiplican como los piojos, con nefastas consecuencias.

Y es que, como era de esperar, la propagación de dicha dinámica ha llevado a hacer crecer la alarma por la violencia machista en tan tierna franja de edad. Llueve para colmo sobre mojado, pues lo hace en un país en el que el 10,7% de las mujeres ha sufrido maltrato alguna vez en su vida, y en un país que desde 2010 ha bajado del puesto 11 al 30 en el ranking de igualdad del Informe sobre brecha de género del Foro Económico Mundial. ¡Cómo para no preocuparse!
Las estadísticas advierten que aumenta la cifra de chicas adolescentes acosadas por sus parejas y la Fiscalía de Menores alerta del aumento de las causas judiciales por razones de violencia de género en adolescentes de entre 15 y 17 años. Eso genera una realidad peligrosa, en la que un 4% de las chicas han sido agredidas por el chico con el que salían (¡o aún salen, socorro!). Mientras al parecer un 21% de los adolescentes cree firmemente que los hombres no deben llorar bajo ningún concepto: metrosexuales en apariencia que en lo más hondo ocultan machos alfa del Neandental. Poco que ver, pues, con la idea de sociedad de la convivencia y de la igualdad que debiera reinar en pleno siglo XXI.

Estos que viven sumergidos en roles anticuados y mensajes contradictorios, son chicos y chicas que buena parte del día, y de la noche, lo dedican a comunicarse a través de las nuevas tecnologías, zambullidos en lo bueno y en lo peor de las redes sociales, convertidas lamentablemente más en enemigos que en cómplices. Según las cifras que ofrece un recientísimo estudio de la Complutense encargado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, un 25% de las chicas dice que su novio las vigila vía telefónica: sexismo a golpe de Whatsapp, se llama eso. Claro que también Twitter, Facebook & Cia son herramientas ideales no sólo para saber qué hace nuestra pareja, sino también toda nuestra parentela y todas nuestras amistades, siempre y cuando sean de los que se pasan el día enganchados a las redes. No somos conscientes, pero estamos gestando una generación de adictos a las pantallitas que devendrá en una generación de completos autistas.
“La vida es eso que pasa mientras estás entretenido mirando el Facebook”, hubiera dicho John Lennon de vivir en estos tiempos tan necios en que vivimos, donde hasta el aparentemente más lúcido se dedica a retrasmitir las conferencias a las que asiste o las películas que ve como si nos importara un carajo. La desgracia es que las nuevas tecnologías, lejos de ayudar a convertirnos en seres más libres, nos esclavizan. De ahí que sean un feudo ideal para los celotípicos, esos celosos compulsivos que en todo momento quieren saber qué hace ella y con quién va. Y aquí volvemos a los adolescentes, que en las redes hallan la excusa perfecta para repetir esquemas de poder que sus abuelos ya habían olvidado. La situación es tan grave, que ya se están tomando medidas para la sensibilización y prevención en ese campo y la Generalitat, por poner un caso, ha puesto en marcha el programa dirigido a adolescentes “Amar no hace daño. Vive el amor libre de violencia”.

Resulta tan poco racional que a estas alturas aflore esta problemática como que se repitan brotes de tuberculosis, una enfermedad que parecía aquí ya erradicada. Y es por ello, por inesperada, que la realidad de la violencia de género entre los más jóvenes no cuenta aún con la concienciación necesaria. Hemos criados a los chicos y a las chicas no sólo en un estado del bienestar que los hace muy poco aptos para desenvolverse en tiempos peores, sino también en imaginarios colectivos donde el respeto al otro deja muchísimo que desear y donde la igualdad de género brilla por su ausencia y el sexismo asoma en cada esquina. Así, el concepto de amenaza o agresión también ha quedado diluido a golpe de “Sálvame” o cosas peores. Si entre compañeros de programa se llaman de todo, se insultan y hasta tienen costumbre de llevar al otro al borde de las lágrimas, decirle a la novieta zorra, calientapollas o corta mental debe de ser una caricia.
¿De quién es la culpa, pues, de que los adolescentes, los jóvenes en general, estén repitiendo no lo que ven en sus casas y en las calles sino en la televisión, esa pantalla que todo lo magnifica? Mientras sus padres han aprendido a poner una lavadora y a cocinar, y hace tiempo que establecen con sus parejas y sus compañeras de trabajo relaciones de igualdad, ellos (con el cerebro aún moldeable) contemplan anuncios en los que las mujeres usan tacones altísimos hasta para pasear el perro y telediarios en los que las presentadoras son obligadas a usarlos; contemplan programas de televisión en los que ellos parece que se vayan de botellón y ellas estén a punto de entrar en un club de alterne; y ven películas en las que sólo aparecen desnudos integrales femeninos, jamás masculinos.

Que aumente la violencia machista entre los adolescentes es pues tan sólo el reflejo del machismo que se visiona en las pantallas, la consecuencia no de una sociedad que ha ido a la deriva sino de una sociedad que no ha sabido encarrilar sus elementos de sociabilización (televisión, cine…) basándose en criterios de igualad de género. Y eso ha sucedido por la sencilla razón de que esos criterios no estaban aún bien asentados y no se ha priorizado en ellos como se hubiera debido. Pero son vidas las que estás en juego, vidas truncadas como las de esas 700 mujeres que han muerto en la última década a manos de sus parejas o ex parejas (42 en lo que va de año), o las vidas de todas esas adolescentes que se harán mujeres sin saber que su dignidad y sus derechos son iguales a los de sus compañeros.
Por culpa de las malditas pantallas, y del mal uso que se hace de ellas, siguen saliendo vencedores, pues, los herederos de siglos de machismo, esos que Ricardo de Querol (uno de los coordinadores del blog “Mujeres“ de El País, donde colaboro) deja retratados en El posmacho desconcertado, editado por El País.

sábado, 2 de noviembre de 2013

9. EL TRIUNFO DE LA MEDIOCRIDAD

Le podemos llamar adiós al talento en homenaje a Adiós a la Universidad, el sabio ensayo del asimismo sabio Jordi Llovet, que desprende siempre un aroma a azufre cultural; o bien el triunfo de la mediocridad, haciéndole un guiño a la película de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad, que plasmaba el resurgir del nacionalismo alemán y el fortalecimiento de su ejército. En ambos casos será lo mismo: un grave problema que nos asola y al que no se presta la debida atención, si no es para mentar la llamada “fuga de talentos”, que como es evidente la crisis ha agudizado de un modo preocupante y no vamos por supuesto a soslayar.

Claro que en estos años de pensamiento confuso, que circula a años luz de los datos y suele estar dictado por la ciega obediencia política, la avidez de prebendas y/o la escasa capacidad cogitativa (en el sentido aristotélico del término), ¿quién iba a ocuparse de algo de tan ardua medición como el aumento de los índices de mediocridad? Estamos demasiado entretenidos midiendo las colas del paro, el descenso del poder adquisitivo y los eurípides que nos han robado nuestros gestores públicos.

Sí se alcanza a medir, en cambio, el IDH (Índice de Desarrollo Humano), hallándose Finlandia en uno de los puestos con mayor IDH, mientras España, en su costumbre de ir a la cola de tantas cosas (menos en la excelencia de sus paellas y en la bandera azul de algunas de sus playas), anda por el puesto ochenta y pico. Mencionar que el IDH es el resultado de la medición de tres factores: el nivel de vida digno, la capacidad de disfrutar de una vida larga y saludable y, cómo no, el acceso a la educación.

Veamos cómo se comporta Finlandia versus España en materia educativa, que viene a ser como enfrentar al recién traspasado Marcel Reich-Ranicki con Victoria Beckham en una batalla literario-dialéctica; ríase Bernard Shaw de aquella bella señora de pocas luces que imaginaba como sería el hijo de ambos (ella creía que guapo y listo, Shaw –poco agraciado- que todo lo contrario).

En estos tiempos en que la marea verde se agita con brío (y con muchas razones de peso) al ritmo del descontento por unos recortes, ya ejecutados, y por unos cambios, ya anunciados, que nos llevarán casi con certeza al fondo del barranco, parece oportuno recordar al que viene siendo uno de los sistemas educativos más valorados, el finlandés, en el que incluso los peores alumnos están a años luz de los peores alumnos de países como el nuestro. Por no hablar de su sana costumbre de educar igual al hijo de un gran empresario que al de un parado, cosa que lleva a corregir, que no limar, las desigualdades.

Esta Finlandia (ejemplar en casi todo menos en intensidad solar y censo de suicidios), que ostenta un lugar muy prominente en el informe PISA (Program for International Student Assessment o Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes), hace gala de una inversión pública máxima (donde son gratuitos hasta el transporte, las comidas y el material escolares), una excelente formación de maestros con elevados salarios, un contexto agradable y unas condiciones óptimas, pocos estudiantes por clase, la capacidad de despertar el compromiso en los alumnos y una evaluación motivadora.

Dicho esto, aunque suene extraño parece ser que en los 90 se dieron en Finlandia unos recortes en educación que resultaron gravemente lesivos, lo que dio lugar a lo que hoy allí llaman “la generación perdida”. Dejando de lado que aquí podríamos considerar que todas nuestras generaciones han sido “perdidas”, dado que los grados de analfabetismo antes de la Guerra Civil eran notables, muy cuestionable la escuela franquista y claramente deficitaria la democrática (a la vista de los resultados, de los que devienen cifras de visionado de televisión de cuatro horas diarias por ciudadano), vayamos al ahora.

Mientras en Finlandia se dedican a lo que se llama igualar por abajo, con tan excelentes resultados, aquí nos proponen mejoras en la educación de las élites (con un tufillo franquista que da miedito). Mientras se impone la reeducación de los miles de parados que abandonaron los estudios para subirse a un andamio y realizar tareas afines, aquí en el INAEM se dan cursillos de informática y cuatro chorraditas más, sin ninguna visión global: es decir, se da un pescado, o dos, pero no se enseña a pescar. Y mientras los países avanzan gracias, casi exclusivamente, a su inversión en I+D, aquí sembramos la miseria en organismos como el CSIC (cuya misma existencia amenazan los recortes), cerramos líneas de investigación, dejamos de dotar programas y nos echamos a dormir.

La lástima es que no se tenga en cuenta el contexto en que esto se produce: no en el seno de una sociedad fuerte, de individuos bien pertrechados en conocimientos y mecanismos de superación (capaces de salvar cualquier bache por profundo que este sea), sino en el de al menos dos generaciones (las que tienen, aproximadamente, unos 45 y unos 15 años) educadas en la mullida sociedad de consumo, a la sombra del desarrollismo más galopante y de la conquista proletaria del estado del bienestar; es decir, dos generaciones de perfectos animales biológicamente diseñados para ignorar la existencia de la cultura del esfuerzo y darse de bruces con el fracaso por culpa de haber sido educados para el triunfo.

Así las cosas, se auguran lustros de feo semblante y peor porvenir, donde aquellos que fueron educados para el consumo (y poco más) seguirán creyendo que fueron educados en el cultivo del talento –de los talentos-, mientras el espejo les devuelve una realidad que apesta a falta de preparación y a mediocridad por todos lados: jóvenes, y no tan jóvenes, con coches tuneados y tupé que apenas saben redactar un currículo o articular una presentación en público; y otros que, abrigados en títulos, jamás probaron el sabor de los trabajos precarios cuando les correspondía, o sea en la tierna juventud, y que ahora, ya a las puertas de las primeras canas, se enfangan en ellos a falta de otra cosa, volviendo al redil familiar y lo que haga falta.

De aquellos barros, estos lodos; cobramos pues la presa que cazamos en estas últimas décadas: la de haber educado no para la vida sino para el mercado, con la telebasura como elemento de cohesión social y cantera de predicadores, y el más zafio famoseo como modelo. Y es que mientras gira la noria no se ve quién en quién, pero ahora que el decrecimiento ha revelado unas bolsas de mediocridad que espantan, sí podemos ver con nitidez hasta la marca de cada jersey. Educados en la falta de ética y en la superficialidad, en nuestro país “de servicios” cada vez cuesta más encontrar camareros que sepan servir un café o conductores de autobuses públicos que no lleven la radio a tope o funcionarios que hagan bien su trabajo; que no será de encontrar relevo para nuestros mediocres políticos.

No dudo que haya jóvenes sobradamente preparados, y que sea una lástima que emigren por obligación y no por gusto, pero eso no es peor mordisco para el país que seguir adocenados en el elogio de las princesa de barrio, la incultura del último Iphone o el creciente, y aplaudido, neomachismo (que incluso entre adolescentes fomenta el maltrato). Porque esto que se ha hecho aquí, ministro Wert, no ha sido igualar por abajo sino igualar por lo más bajo.

Años de mediocridad que nos traerán más años de mediocridad, con la salvedad de que en pleno crecimiento aún tiene oportunidad de asomar el talento individual, pero donde se apaga la luz es difícil que brille ni la más fulgurante lentejuela.

domingo, 13 de octubre de 2013

8. CARTA ABIERTA A JAVIER CERCAS, SUSO DE TORO Y ALGUNOS OTROS

Le copio la fórmula al escritor mallorquín Sebastià Alzamora, que publicó en el diario Ara un artículo titulado precisamente “Carta abierta a Javier Cercas”, en el que respondía a otro que este había publicado bajo el título “Democracia y derecho a decidir” (El País, 13/09/2013). Y es que septiembre ha sido un mes fructífero en esto de que los escritores opinen sobre las aspiraciones soberanistas de Cataluña, pues entre otros lo han hecho también Suso de Toro en “Admiremos a Cataluña” (El diario.es, 12/09/2013), Elvira Lindo en “Un silencio elocuente” (El País, 15/09/2013) e incluso Mario Vargas Llosa en “El derecho a decidir” (El País, 22/09/2013); ¡qué título más original!

Está visto que en septiembre los escritores andan algo extraviados tras el sopor del verano, sin saber muy bien cómo arrancar su faceta de opinadores, y se lanzan a la piscina de la actualidad con energía sin saber si hay agua, de ahí algunos sonoros batacazos como los de Cercas, Lindo y el mismísimo Vargas Llosa, ¡todo un Premio Nobel de Literatura, quién lo diría! Y es que del citado cuarteto, en este tema que nos ocupa, sólo se salva el gallego Suso de Toro, y con nota bien alta: habría que hacerle un monumento al sentido común, mientras que a los demás debiéramos volverles a enseñar la regla de tres, que parecen haber olvidado. Claro que acaso, como digo, septiembre les haya pillado aletargados…

Decía el escritor argentino Rodolfo Walsh (el autor del inmenso relato que es “Esa mujer”): “El campo intelectual es por definición la conciencia. Un intelectual que no comprenda lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante”. Mientras que, a su vez, Sartre afirmaba: “Un intelectual, para mí, es esto: alguien fiel a un conjunto político y social, pero que no deja de cuestionarlo”. Lejos de ansiar que nuestros intelectuales obedezcan consignas de ningún partido, cabecera periodística o canal de televisión, nos encanta que cuestionen hasta la diaria salida del sol; se nos antoja un ejercicio muy saludable para la que se supone es su misión en la sociedad: invitar a la reflexión. Pero de ello a sembrar la confusión, invitar a la falta de raciocinio y ver al demonio allí donde no está, hay un buen trecho.

Dejando aparte que acaso haya temas de mayor enjundia para estrenar temporada, como por ejemplo el horror sirio (¡glups!), la creciente brecha social, la persistencia del maltrato de género o la amenaza real de la ultraderecha en Europa, empezaré diciendo que Alzamora, por cierto de origen almeriense, debe de ser un señor muy educado, pues si tras leer el artículo de Cercas no le retira el saludo, es que o le debe dinero o algo similar. Yo, por el contrario, que en los últimos años he leído con fruición, y sin excepción, todos los libros de Cercas, estoy por colocarlos junto a los Celine. ¡No se asusten, es broma…! Pero el susodicho y sus desacertadas palabras se las traen. Por un momento, leyéndolo, creí estar leyendo al Cela censor o a alguien aún peor.

En el texto en cuestión, Javier Cercas, catalán de origen extremeño, quien fuera largos años profesor en la Universidad de Gerona, acusa de antidemocráticos a los catalanes (y no catalanes) que defienden el derecho a cambiar las reglas del juego democrático en beneficio de una mayor democracia, tratando para más inri a los lectores como si fuéramos unos mentecatos que no sabemos distinguir la tinta del bolígrafo. Escribe Cercas: “la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría”; que viene a ser como decir que, en democracia, la obediencia ciega a la ley es lo único que se espera de la ciudadanía. Y escribe también: “es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”.

Sólo le faltaba decir que si un edificio se incendia y te pilla dentro, tienes que respetar la salida de emergencia y no salir, contraviniendo la normativa, mismamente por una ventana (y para colmo rompiendo el cristal)… Se ve que a quien eso hiciera el democrático Cercas lo multaría por vandalismo; ¿multaría también a quienes saltaron desde las Torres Gemelas? No coments, aunque sinceramente esperaba mayor enjundia intelectual del autor de Anatomía de un instante, un impecable mecanismo de relojería. Querido amigo Cercas, no me lo explico, o los Premios Nacionales se suben a la cabeza en forma de nubes cegadoras o bien hacen estragos en el hígado. ¡Hágase la luz y te ilumine un poquito, no vaya a ser que te pierdas en los pasillos de la caverna!

Extrañamente el Premio Nobel peruano, que ya en su día aupó Soldados de Salamina, desde sus ya conocidas veleidades políticas salió en su apoyo, diciendo barbaridades como: “Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría”. Igual podría haber dicho que en estas últimas décadas los catalanes nos hemos convertido en gremlins, por no hablar de su ignorancia en términos de cultura catalana, pues el catalanismo, como sabe cualquier medianamente culto, es de recia y antigua raigambre y no sólo burguesa.

Siendo también una buena lectora de Vargas Llosa, se me cayó a los pies. Decía el vate que aquel era el mejor artículo que había leído sobre “el tema catalán” (¡cuál sería el peor!). ¿No hay nadie que le diga a Vargas Llosa que un Premio Nobel no puede ir por la vida escribiendo sandeces? Y peor aún, hablando de “catástrofe”, diciendo que “el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo” y que “ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones”. ¿A qué se refiere, al pernicioso café para todos?

En la misma línea se manifestó Elvira Lindo, que al parecer conoce a un montón de residentes en Cataluña que andan con miedo en el cuerpo no atreviéndose a “disentir” del “fervor mayoritario” y permaneciendo “agazapados hasta que la tempestad amaine”; será que casualmente yo conozco a todos los restantes, que lo exponen a sus anchas en salones, bares, tertulias televisivas y allí donde les viene en gana, pues tienen todo el derecho. Pero lo peor, casi espeluznante, es que compara el ambiente catalán hoy con la “espesura” del País Vasco en los peores años de ETA o con el silencio de la disidencia cubana, siendo Cuba ¡una dictadura! ¡Estamos locos o se le ha subido a Elvira Lindo el tinto de verano!

I’m so sorry, pero despropósitos al margen (de juzgado de guardia), las ideas de Cercas, Lindo y Vargas Llosa me recuerdan demasiado a esos españoles cazurros que llevan décadas diciendo que no pisarán jamás Cataluña porque los catalanes hablamos catalán y cosas peores. Mientras es fácil encontrar catalanes en cualquier punto de España admirando sus bellezas y, cómo no, su excelente gastronomía. Ellos se pierden nuestro pan con tomate, nuestras gambas de Palamós y hasta El Celler de Can Roca. Y la verdad, que se quede sin ellas también el ínclito Vargas Llosa, por amante de Barcelona que sea.

Por suerte, vino el escritor gallego Suso de Toro a insuflar aire fresco (¡bendito sea!). De Toro es un escritor comprometido (Premio Nacional de Narrativa con Trece campanadas) que al parecer ha abdicado de su condición de escritor en activo, cosa que sólo puede evidenciar una enorme salud mental (dado el aluvión de basura literaria que llega a las librerías todas las semanas). Mientras Cercas & Cia vomitaban esas cuatro chorradas de que les hablo, en “Admiremos a Cataluña” Suso de Toro demostró tenerlos bien puestos. Su artículo ha corrido por la Red como la pólvora (incendiando a unos y aliviando a otros, entre los que me cuento); en él venía a decir, alto y claro, lo que muchos estábamos esperando de boca de los intelectuales con espíritu realmente democrático, que quiero pensar son unos cuantos.

Suso de Toro, a quien desde aquí agradezco como catalana orgullosa de serlo sus lúcidas palabras, dijo resumiendo que la democracia no es esto que nos hacen creer que es (y que llevamos mal que bien arrastrando desde la Transición, que como bien sabemos recompuso lo que pudo de una España rota). No, la democracia no es esto, sino lo que debería ser y algunos están empeñados en que jamás sea. Y esa es la cuestión, y no otra, que Cercas & Cia parecen haber pasado por alto: que los catalanes que claman por su independencia (en un número tan elevado que negarles siquiera la opción a votarla sería un sacrilegio) no quieren esta democracia pacata, corta de talla e irrespetuosa para con las diferencias, sino que quieren otra (más participativa, menos sorda, más real, más al servicio de las urgencias y de los cambios). No quieren, no queremos (en eso me incluyo) una democracia que ha llevado a madrileñizar España, y tampoco una España a la que le urge desmadrileñizarse.

Queridos Cercas & Cia, sucede que hace mucho que perdimos el norte de lo que tiene que ser un estado de derecho y el clamor por la independencia catalana (como lo sería cualquier otra reclamación legítima y pacífica de cualquier sector relevante de la población), lejos de ser una ofensa a los títulos y disposiciones de la Constitución Española, es una valiosísima oportunidad para recuperar el espíritu realmente democrático que no debimos dejar que se nos escapara por el sumidero de los pactos políticos, los chanchullos y el poder de don dinero, ese poderoso caballero. Como decía muy bien dicho Suso de Toro en sus declaraciones con mejores palabras que las mías, la actual España es de un españolismo insultante, de un madrileñismo invertebrado (le hago aquí un brindis a don José) y de una falta de respeto para los pueblos históricos que invita al exilio. ¿Por qué pues dejar, desde la inercia, que perviva así por los siglos de los siglos hasta convertirse en una boñiga irrespirable donde sólo habiten las moscas?

No, que un millón de personas haya salido a la calle ya en dos ocasiones (concretamente en dos Diadas), no es una artimaña política para soliviantar a quienes no se atreven a salir más que para condenar la homosexualidad, el aborto o lamentar la pérdida de las colonias o la muerte de Franco (véase el uso que se sigue dando al Valle de los Caídos y véase dónde pacen ahora los ultras que entraron como animales el 11-S en el madrileño Centro Cultural Blanquerna). Ese pacífico movimiento de ciudadanos y ciudadanas que se hace oír es una invitación a la civilización y no a la barbarie, algo que en un país civilizado daría para enjundiosos debates sobre si la jurisprudencia que instamos a respetar es o no la que corresponde; algo que en un país de Arieles y no de Calibanes sería un motivo de superación y no de censura.

Porque yo también creo que es una idea excelente respetar la ley (y los semáforos y las salidas de emergencia…), pero no al precio de no poderla cambiar si esta no resulta útil, ni justa, ni satisfactoria. En un país civilizado y con cierto nivel cultural, ningún intelectual se atrevería a repetir en un periódico de primera categoría lo mismo que un adolescente sumiso adoctrinado por unos padres cuyo único horizonte de expectativas es obedecer ciegamente al papá Estado que le da de comer. O sea que tarjeta roja a Javier Cercas & Cia y tarjeta verde a Suso de Toro, por haber elevado el debate, sacándolo de la ciénaga de supina incultura en que se halla sumido, tan ramplón y tan cerril que deja claro que si las reglas de juego actuales producen debates tan estériles, es evidente que no nos sirven. Cambiémolas, no en beneficio de la independencia catalana sino en beneficio de todos y de todas, para tener un futuro mejor.

Por suerte, escritor no es sinónimo de intelectual… La pregunta entonces es: ¿dónde están los intelectuales?

lunes, 2 de septiembre de 2013

7. HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA

Ya en 1924, André Gide defendía por escrito la homosexualidad en los diálogos que integran su Corydon. A raíz de ello, hubo incluso quienes le negaron el saludo. Eso no impidió que en sus memorias confesara su condición de homosexual, condición que a su vez en 1947 no le impidió ganar el Premio Nobel de Literatura, lo que no quita que después de su muerte el Vaticano incluyera su corpus literario en su particular índice de libros prohibidos (¡la Curia, siempre tan progresista!), que a día de hoy será sin duda ingente… dado lo poco que ha evolucionado la religión católica en ese aspecto y lo mucho que lo ha hecho, por suerte para todos, la literatura.

Eso de que un gay declarado ganara el Premio Nobel a mediados del siglo XX, nos podría llevar a pensar que (exceptuando a los integrantes del Vaticano y a algunas otras facciones de similar catadura) el asunto de la homosexualidad como opción sexual dentro de los márgenes de la normalidad estaba ya entonces más que finiquitado. Lamentable no era así, aunque el gesto de la Academia sueca debió de ayudar mucho a que, allá por los 50, el poeta Jaime Gil de Biedma contara sin muchos reparos sus devaneos amorosos con su mismo sexo en Diario del artista seriamente enfermo.

Recordemos que pocas décadas atrás la historia había sido muy cruel con aquellos y aquellas que se mostraban abiertamente gays o lesbianas. Las lesbianas directamente no existían para la realidad oficial (una cruel goma de borrar las volvía transparentes) y, por su parte, los gays que osaban serlo eran duramente castigados por ello. A finales del siglo XIX Oscar Wilde, acusado de tener un comportamiento “indecente” a raíz de sus relaciones con Lord Alfred Douglas, acabó condenado a dos años de trabajos forzados que le costaron la vida; y en el fatídico año 1936, García Lorca fue fusilado en una cuneta, junto a un olivo, por ser abiertamente homosexual y no por ser simpatizante del Frente Popular, aunque es posible que esto último también ayudara. A diferencia de Wilde, a diferencia de Lorca, Jaime Gil murió a causa del SIDA, esa enfermedad con que en los años 80, en Estados Unidos, se quiso estigmatizar a la comunidad gay acusándola de haber sido demasiado promiscua durante la década anterior. El de Gil de Biedma no es un final muy feliz, cierto, pero cambia sustancialmente las cosas.

El estigma de la homosexualidad como amenaza, como perversión que debe ser proscrita, lleva a barbaridades como prohibirla (son muchos los países en que eso sucede, al amparo de unas leyes que la comunidad internacional debiera ocuparse urgentemente de erradicar) o atacar a sus componentes considerándolos no ya ciudadanos de segunda, sino enfermos que no tienen cabida en sociedades de impecable heterosexualidad. Sólo una tendencia enfermiza a la homologación y un miedo cerval a las diferencias puede ser la causa de que la humanidad insista en agarrarse a sus lastres y no los suelte, haciendo que el tema de la heterosexualidad obligatoria planee aún en demasiados rincones del planeta.

A tenor de los recientes ataques que algunos neonazis han llevado a cabo en Rusia contra gays o transexuales, en una oleada homófoba que incluye mofas, torturas e incluso asesinatos, vale la pena detenerse en qué es ser homosexual hoy. En Rusia, en vista de lo que sucede, un grave problema, que amenaza incluso con la deportación a los extranjeros gays que osen “ejercer como tales” dentro de sus fronteras.

En la patria de Tolstoi y Chejov una descarada homofobia institucional, que prohíbe ser abiertamente homosexual y castiga con penas de cárcel a quien no mantenga “relaciones sexuales no tradicionales”, ha llevado incluso a la Duma, su cámara de diputados, una iniciativa para prohibir que los gays donen sangre; son tratados cual apestados, eso es evidente. Lo que no se acaba de entender es que alguien en su sano juicio, miembros del COI incluidos, crean que un país donde se está llevando a cabo una “caza al gay” puede albergar unas Olimpiadas, ya sean de invierno, de verano o de primavera. ¿Las harían en un país que prohibiera y reprimiera cualquier muestra de heterosexualidad? Pues en pleno siglo XXI, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando; queda dicho, amigos del COI.

En vista de esas atrocidades y de lo mucho que cuesta eliminar reticencias y repulsas en países más avanzados en términos de civilización (como mismamente el nuestro, donde aún así hay mucha tela que cortar en lo que a libertades sexuales se refiere), parece que sean pocos los que han leído a Kinsey y a Foucault. Según los estudios científicos del primero, la mayor parte de la población tiene tendencia bisexual y sólo una minoría (de un 5 a un 10%) es totalmente hetero u homosexual. Mientras Michel Foucault, el autor de Historia de la sexualidad, aboga por la teoría queer (acabada de perfilar por la filósofa Judith Butler), es decir, por afirmar rotundamente que las opciones sexuales son construcciones sociales, determinadas pues por tabúes y arraigadas costumbres. Lo cierto es que la lógica nos lleva a pensar que los dos parecen tener bastante razón y que acaso la realidad sea el resultado de la combinación de ambos presupuestos.

Quienes tenemos el convencimiento (por puro sentido común y sin necesidad de ninguna clase de exacerbada capacidad de observación) de que la heterosexualidad tal como la entendemos, como opción masiva que lo invade todo (la vida social, la publicidad, la música…), es un invento muy cómodo para quienes aspiran a mantenernos a todos bien sujetos en un orden fácil de controlar (y en ese quienes incluyo a las múltiples religiones que condenan otras opciones sexuales), sonreímos cuando tropezamos en el día a día con todos esos ellos y ellas que están convencidos de que han elegido con quien se acuestan, cuando se ve de lejos que no sólo no lo han hecho sino que, de ser distintas las circunstancias de sus vidas, no dudarían en cambiar de tercio.

Nos creemos muy libres y, sin embargo, no lo somos nada: pájaros metidos en jaulas de finos barrotes, por los que entra el aire, sí, por los que entra también la luz, pero de las que no se puede salir. Y es que, si acatamos en casi todo los destinos que otros han escrito para nosotros (que nos llevan a suscribir hipotecas abusivas, abrevarnos en una idiotizante cultura de masas o ingerir comida basura a pesar del exponencial aumento del índice de obesidad), ¿por qué iba a ser distinto en cuestiones sexuales?

Si vivimos vidas que no nos gustan en tantos aspectos, si estamos esperando ansiosos (y muchas veces a base de ansiolíticos) a que nos asole una enfermedad, suceda un accidente o nos roce una pequeña catástrofe para dar un vuelco a nuestra existencia y encauzar de una vez un rumbo nuevo, ¿por qué nos aferramos con tanto ímpetu a ese 95% de heterosexualidad obligatoria? ¿Quiere decir esto que sólo los gays y las lesbianas son realmente libres? Es posible, aunque acaso un 5% de heteros también lo sea. “Mi sexo es mío”, debiéramos exclamar todos y todas. Ese día es posible que los porcentajes cambiaran… sustancialmente.


sábado, 1 de junio de 2013

6. GARRULISMO

A los partidarios de la LOMCE (Ley Orgánica para la mejora de la calidad educativa), que de educación parecen saber bien poco y aún menos de construcción del espíritu crítico (aunque sí al parecer del “espíritu nacional”), en lugar de moverles el deseo de devolvernos a todos a los oscuros años cuarenta (cuando los maestros adoctrinaban a los alumnos a base de reglazos), debiera moverles la preocupación por el creciente garrulismo, que se extiende por la piel de toro como una mancha de aceite y alcanza cotas que ni el Everest. Basta abrir bien los oídos en las calles, en los transportes públicos y en ciertos programas de televisión.

A propósito de dicho invento (que al parecer nuestros niños y niñas visionan una media de cuatro horas al día), en una reciente visita a España Umberto Eco afirmaba que en su país la televisión, por muy berlusconizada que estuviera, había enseñado a los italianos de extracción social más baja a comunicarse en una lengua estándar, cosa que consideraba un gran avance. Ciertamente visto así lo es, aunque por tratarse de un semiótico la suya me parece una apreciación algo simplista. Yo más bien diría que la reciente televisión, aquí y allá, en España y en Italia (donde se me antoja incluso peor que aquí), lo que está haciendo es adulterar el aprendizaje de las capas de la población menos preparadas, que viene a ser como enseñar a un niño a hablar una lengua brindándole tan sólo una larga lista de improperios e insultos: hablará la lengua, cierto, e incluso con soltura, pero con la boca muy sucia.

Quienes somos alérgicos a la mala educación, pero que aún así no tenemos la suerte de padecer severas sorderas (y sí en cambio gustamos de pasearnos por las variadas veredas de la vida: léase centros urbanos, barrios populares, metros y demás lugares de pública concurrencia), últimamente vemos que la cosa va a peor. Los habitantes de nuestro terruño nunca brillaron precisamente por sus exquisitos modales, pero ahora más que nunca lo que se ve y se oye chirría de un modo alarmante, pues los garrulos despliegan sus plumas con el orgullo de quien acaba de comprarse un Rólex falso: se comunican a gritos a base de procacidades (Sánchez Ferlosio no escribiría hoy El Jarama sino El Guarrama), se arrellanan en los trenes y demás como si estuvieran en sus casas y no paran de incordiar allí donde van. Son los hijos de “Gran Hermano” y de cosas peores. La otra noche, en un restaurante, incluso hubo que llamar a los Mossos d’Esquadra porque un par de tarugos insistía en tirar comida a las mesas vecinas al tiempo que insultaban a quienes les recriminábamos su simiesco comportamiento.

A propósito de esta nueva tribu la escritora Ángeles Caso, que siempre me ha parecido muy sensata, se hacía la siguiente reflexión: "Quizá la diferencia es que antes no las veíamos públicamente. Formaban parte de la multitud silenciosa. No aparecían en los medios de comunicación o en las creaciones culturales, salvo para ser objeto de burla. Y si se mostraban discretos en vez de deslenguados, a menudo era más por sumisión que por educación: sumisión al señorito, al cura, al amo o a la policía, ante quienes debían por fuerza fingir <buenos modales>. Lo único diferente respecto al pasado es que ahora pueden exhibirse tal y como son, y que muchos les aplauden por ello" (“La buena educación”, La Vanguardia 2/02/2012).

Esos sumisos de antaño (que no lo eran por gusto sino por obligación y que son quienes más debieran haber ganado con los recientes avances históricos), han tenido hijos y nietos que podemos considerar, aunque suene fatal, el fruto podrido del progreso. Son en cierta medida el “hombre-masa” de Ortega y Gasset, consagrados a “la libre expansión de sus deseos vitales”, que actúan como dueños del mundo e ignoran el valor de los esfuerzos que los han llevado hasta una vida más digna que las que llevaban sus mayores. Son pues los daños colaterales de un sistema democrático que no ha sabido entender que, una vez asegurados el pan para todos y la libertad de expresión, lo que había que evitar era dejar a la deriva a un porcentaje de ciudadanos que por sus propios medios no eran capaces de construirse como seres sociales civilizados (ya fuera por falta de costumbre familiar, por sus pocas luces o por su ausencia absoluta de sensibilidad).

Y es por ello y para ello (porque todos los ciudadanos tenemos derecho a crecer en el respeto al prójimo, a saber comportarnos en sociedad y a no ir por la vida lanzando graznidos como irracionales), que se impone una reforma educativa; no porque tengamos que competir con Europa, no porque nuestros índices de fracaso escolar estén por debajo de la media, no porque se imponga la absoluta necesidad de dominar el inglés. Para ir por la vida hace falta saber sentarse educadamente en un tren, salir a hablar por teléfono a las plataformas para no molestar a los demás, respetar el espacio del vecino y preservar su tranquilidad. Sin eso, ni siquiera con acento de Oxford se puede avanzar ni un milímetro, y mucho menos podrá convertirse uno o una en un individuo preparado y solvente capaz de enfrentarse al futuro.

Así que, harta de topar a diestro y siniestro con individuos vestidos con un mal gusto atroz, que utilizan expresiones que ni en el trullo y a los que el mañana no depara más que un traumático suspenso colectivo, quien esto escribe propone en lugar de la LOMCE (que por suerte muchos ansiamos cercenar de raíz), un nuevo enfoque legislativo al que podríamos bautizar como LOEGCI (Ley Orgánica para la erradicación del garrulismo con carácter inmediato). En tiempos como estos, en que se proponen iniciativas tan absurdas como la denominación de “lapao”, no creo que desentone mucho.